Maduro desmantela la embajada USA

La expulsión de la encargada de negocios de la embajada norteamericana en Caracas, unida a la de dos altos funcionarios más, luego de haber expulsado en su día al embajador, operaciones que ponen prácticamente a cero la estructura burocrática de la representación estadounidense en Caracas, compone un cuadro de crisis plenaria en las relaciones entre esos dos Estados de la OEA (Organización de Estados Americanos).

La relevancia de estos hechos en la relación bilateral entre los dos países viene a encontrar su significado pleno en el hecho de que se haya venido a producir dentro de un escenario general de alarma política, inducida desde la imputación a una trama conspiratoria por parte de la “burguesía” y demás enemigos del sistema, del estado de colapso económico y social en que se encuentra Venezuela. Una situación debida al cúmulo de errores y torpezas arrastrados por el régimen chavista en su progresiva radicalización socialista desde 1999 hasta ahora. A todo lo cual se ha venido a sumar el desastre gestor de Nicolás Maduro desde que fuera proclamado presidente tras de las elecciones del 14 de abril.

Una cosa sería que el Gobierno de Maduro haya tomado la decisión de expulsar a la cúpula de la Embajada norteamericana – completando así el gesto inamistoso de haberlo hecho también con el embajador – como represalia por el hecho de que Washington negara el permiso de sobrevuelo de territorio puertorriqueño al avión (cubano) en el que viajaba el presidente a Pekín para conseguir un crédito de socorro; cosa que una vez lograda le llevó a regresar de inmediato a Caracas, reduciendo a sólo tres los cinco días para los que se había concertado la visita; y otra, bien diferente, habría de ser el propósito de convertir la represalia política por la denegación del sobrevuelo, en materia de imputación contra Estados Unidos de las “responsabilidades” en que han incurrido quienes estarían “detrás” del clamoroso fracaso gestor del chavismo, en lo económico, lo social y lo político desde que llegó al poder democráticamente y después, a la muerte de Hugo Chávez, ha permanecido en el mismo de forma fraudulenta para entronizar al fantasmón ahora cursante a mayor gloria de los Hermanos Castro: maestros y tutores del Teniente Coronel y del heredero de éste, al que el difunto quiso convertir en conductor de masas.

Atribuyendo a conspiraciones y sabotajes del más diverso cariz – propios de lo que Maduro define como una guerra de nueva generación que busca lo que llama “puntos de quiebre” del sistema nacional – las averías que presenta el sistema chavista venezolano en la práctica totalidad de sus registros son, sin embargo de una etiología perfectamente identificable, en cuya percepción participan y soportan cada vez más sectores nacionales, destacando entre éstos de forma muy significativa el sector militar. De ahí que la dialéctica oficial, en sus destilados propagandísticos, atribuya a “potencias extranjeras” el origen de masivos problemas colectivos de los que sólo son responsables los dirigentes del régimen. Pero la guinda del pastel retórico, donde no faltan elaboraciones del obrador paleoleninista, es eso que ha dicho el cuestionado presidente: “Nuestras Fuerzas Armadas no serán nunca más cancerberos del imperialismo y de la burguesía”. En todo ese contexto de carencias materiales, tensiones sociales y políticas de cualquier orden, inseguridades sin tasa y rumores disparados, se abren paso a codazos expectativas de cambio a bien corto plazo. A ese paisaje corresponden cosas como el supuesto destino a una supuesta operación de contragolpe de las armas y aviones de combate recientemente embarcados por Cuba en un carguero norcoreano teóricamente cargado de azúcar e intervenido a su paso por el Canal de Panamá, o el vaciado de ahora de la Embajada norteamericana en Venezuela.

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