¿La contrarrevolución islámica?

El giro copernicano que supone la reanudación al más alto nivel de los contactos políticos entre la Administración norteamericana y el régimen iraní – cuyo origen mediato habría que buscarlo en el consenso ruso-americano sobre las armas químicas en Siria -, es posiblemente el más notorio punto de inflexión habida en política internacional en los últimos 50 años después, claro está, de cuanto supuso en las relaciones soviéticas con los Estados Unidos la llegada de Gorbachov al poder en el Kremlin.

Los reducidos conatos de protesta habidos al regreso de Hasan Rohani a Teherán desde Nueva York, donde asistió a la 68 sesión plenaria de la Asamblea General de la ONU, y en cuyo marco se produjo el primer contacto personal entre un ministro iraní de Asuntos Exteriores y el titular de la secretaría norteamericana de Estado a lo largo de 34 años, han supuesto el primer dato público sobre la incidencia en la calle iraní del cambio operado entre Teherán y Washington. Especialmente después de que el movimiento del reajuste de fondo viniera a encontrar su expresión más alta con la llamada telefónica de Obama al presidente iraní – poco menos que para excusarse de no haber podido proponer por razón de agenda, un encuentro personal, cuando Rohani se dirigía en su automóvil al aeropuerto neoyorquino dónde habría de embarcar de regreso a su patria.

Puede hablarse de contrarrevolución ante el proceso iniciado desde las dichas condiciones internacionales, no sólo en las relaciones americano-iraníes, sino también en el seno de la propia realidad pérsica; cosa ésta de enorme enjundia, habida cuenta lo que supone el paso de dos generaciones en el proceso de decantación, en Persia, de un orden político nuevo, como fue la erradicación del régimen autoritario del Sha, que había transigido en que la presión angloamericana se llevara por delante, por causa del petróleo, la figura de Mossadeq, genuino exponente del nacionalismo persa en el tramo último de la postguerra mundial.

Sólo el agravio que permanecía en el paladar de unas mayoría nacionales podía quizá explicar la adhesión encontrada por las huestes del Imán Jomeini con su revolución; aunque rotulada ésta como “islámica”, de un profundo sentido nacionalista. Clave ésta, la del nacionalismo en la que se apoyó la diplomacia soviética desde su pulso contra las multinacionales occidentales del petróleo, principalmente en su concentración trinitaria (norteamericana, británica y holandesa) ante el ciclo histórico de la hegemonía energética por parte del oro negro.

La remoción política o el reajuste, interno e internacional, de todo cuanto ha cristalizado en el curso de los años transcurridos desde 1979, no es cosa que pueda sustanciarse en el corto plazo. Necesitará de compases políticos que prometen ser bien pródigos en algo más que anécdotas, como todo lo referente a la Venezuela del post-chavismo, en lo internacional; o, en régimen de política interna de los iraníes, la puesta a punto a que se habrán de plegar quienes en la república islámica iraní han estado abanderados hasta ahora por el presidente Mahmud Ahmadineyad y su cohorte de los Guardianes de la Revolución…

A l Líder Supremo Alí Jamenei, luego de sus bengalas alumbrando cambios posibles, le esperan muchas horas de trabajo, desvelos sin fin, para reconducir el sistema, ajustándolo a las grandes reformas anunciadas, si el curso de las palabras de ahora es un discurso veraz y desde las intenciones verdaderas de la nueva presidencia representada por Hasan Rohani.

Será una contrarrevolución o quedará todo en un turno de moderación y templanza. Pero lo que queda asegurado en Irán, por causa de la restauración de las relaciones con Washington, es un periodo de información y debate algo más que sólo entretenido. Siria será genuina piedra de toque; y en distinto sentido, también el Egipto de los nuevos coroneles.