Acaba la (no) guerra de los 30 años

Aunque la tensión variablemente crítica entre Irán y Estados Unidos, comenzada con el derrocamiento del Sha Mohamed Reza Palhevi se produjo en 1979, tras el triunfo de la Revolución Islámica del Imán Jomeini, y se prolongó unos cuantos años más, hubo de todo durante este lapso de tiempo equivalente al transcurso de dos generaciones. Y digo que “hubo de todo” porque durante este periodo existió un tramo de ocho años en que el Iraq de Sadam Hussein combatió por delegación norteamericana para detener en seco la revolución islámica que el establecido régimen de los Ayatolás traía en sus mochilas, no sólo contra la monarquía derrocada en la vieja Persia sino, también, contra el conjunto de los tronos establecidos en torno el Golfo del Petróleo. Washington aportó el programa y la munición; las monarquías árabes de la zona, el apoyo económico unas y la financiación necesaria las demás.

El distingo entre uno y otro de estos dos conceptos traería consigo la ruina del régimen baasista de Bagdad y la caída de Sadam Husein. Para regocijo de la República Islámica establecida en Teherán, que previamente se había desangrado en una guerra de ocho años, el enfrentamiento de Sadam con Kuwait – que dijo que había sólo financiado, no sufragado como Arabia, la campaña contra los iraníes -, aquello desembocó primero en la invasión de este Estado y después en la represalia militar contra el invasor etiquetada como Guerra del Golfo. Cumplido prólogo de la posterior invasión plenaria de Iraq, con todas sus vastas consecuencias no sólo en el Oriente Medio sino en la política española, al ser referenciada por el PSOE, en la campaña electoral, como causa de los atentados terroristas de Madrid en 11 de Marzo de 2004,

Las sombras de todo ese periodo de tensión variablemente crítica entre Washington y Teherán han oscurecido el horizonte epocal de las agudas no relaciones, del enfrentamiento, entre Estados Unidos e Irán que ahora parecen haber tocado fondo tras de los respectivos discursos de los presidentes Obama y Rohani pronunciados en esta 68 sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Algo que ha dispuesto como soporte del espacio de acuerdo logrado en Ginebra entre los responsables de la diplomacia norteamericana y de la diplomacia rusa; acuerdo que ha encontrado su continuidad en Nueva York, al inicio de la Asamblea de la ONU y, sobre la agenda, en la sesión de trabajo acordada para este jueves entre John Kerry y Serguei Lavrov.

Subsisten asperezas (sobre el automatismo de las represalias armadas por el incumplimiento sirio de las condiciones pactadas sobre la entrega y destrucción de sus armas químicas) que deben limarse para que fructifique la aproximación recíproca lograda a propósito de Siria. Cuya guerra civil ha sido el detonante de la serie encadenada de aproximaciones ruso-americanas que ha llevado a la embocadura de la normalización -hasta donde quepa- de las relaciones entre Washington y Teherán. Y aunque todavía no haya sido aflorado, cabe entender que otro de los motores que han impulsado el entendimiento ruso americano ha sido el de la identificación de Al Qaeda y sus franquicias como factor crucial en la guerra civil siria, ya que este yihadismo es problema que además de haberle estallado entre sus manos a la oposición siria que combate a Bashar El Asad, es compartido en primera línea por rusos y norteamericanos.

Tal como se advierte, son numerosos, probablemente suficientes, los factores y circunstancias que abundan en la probabilidad de que el diálogo entre Washington y Teherán se consolide, propiciando el acuerdo con Irán en materia nuclear y rebajando la tensión en Oriente Medio a niveles que lleven pronto a caídas significativas de los precios del petróleo. Algo tan deseable para la recuperación económica.