Somalia: Globalización y fulcro del yihadismo

Luego del impacto mismo del asalto terrorista en Nairobi, la capital de Kenia, con su aterrador balance de víctimas todavía sin cerrar, lo más relevante desde el punto de vista informativo ha sido la revelación por el Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas del país, general Karangi, de que entre los asaltantes de “Westgate” – calculados entre 10 y 15 individuos – figuraban seis occidentales: tres de origen estadounidense, un canadiense, un finlandés y un británico. Algo que el militar africano ha calificado muy certeramente de “globalización”.

Creo que para todo el mundo este dato ha sido una sorpresa morrocotuda, del todo inesperada. La visión general del yihadista, se resuelve en la visión de una chilaba, por la acumulación de imágenes de gente con esa prenda indumentaria, conforme a paisajes asiáticos y africanos inscritos bajo el signo de la cultura islámica; paisajes en donde cunde mayoritariamente el conflicto y la colisión, no necesariamente entre gentes autóctonos de allí y occidentales, sino entre musulmanes de esos ámbitos y coterráneos suyos. Aunque también es cierto que los terroristas del 11-S en Estados Unidos, eran gente de indumentaria compuesta por ropa de faena de las tripulaciones de aerolíneas.

Pero en este caso la novedad, inquietante, es que el travestismo ha sido a la inversa. Y no de simple indumentaria formal, sino de materialidad identitaria, de formato de convicciones y de profundas creencias o intoxicaciones ideológicas. Aunque todavía se desconoce si las atribuidas nacionalidades de esos seis terroristas derivan sólo de sus pasaportes, o si sus respectivas identidades corresponden al formato estadísticamente más relevante en términos de caracterización – es decir, si racialmente corresponden a las mayorías de esas respectivas poblaciones nacionales -, lo que más llamaría la atención sería esa radical metamorfosis cultural que supondría el salto identitario y cultural desde los patrones correspondientes a un mundo mayoritariamente cristiano a la fanática barbarie del yihadismo terrorista.

Un trasiego así, una migración de alma entre universos tan radicalmente distintos, sólo cabría explicarlo a través de instancias de nihilismo subyacentes en reductos no advertidos de la cultura occidental contemporánea. Sin apresuramientos en la identificación de cosa tan sorprendente, no parece ocioso detenerse en este género de consideraciones.

Tampoco ocioso será volver a las observaciones hechas ayer bajo esta misma firma sobre la enorme gravedad, en las actuales circunstancias, del hecho somalí. De la existencia de ese espacio en el África nororiental que, tras la descolonización subsiguiente al fin de la Segunda Guerra Mundial, fue un remedo de Estado que se sostuvo en pie mientras lo estuvo también la dictadura de Mohamed Siad Barre (1960-1992) que lo sostenía. Del poder puede decirse lo mismo que del derecho se ha dicho, que tiene horror al vacío, y cuando el vacío sobreviene porque el Estado fracasa sobreviene lo que ahora ocurre en Somalia. Allí, sobre el horizonte crítico del Golfo de Adén, impera el caos y prolifera el terrorismo yihadista, que se expande en régimen de metástasis terrorista por el tercio norte del Continente africano.

Lo ocurrido en la capital keniata hay que encuadrarlo genéricamente dentro de ese proceso de canceración del precario orden africano, especialmente en el más próximo a la seguridad y los intereses del mundo europeo y occidental. Y que en Somalia se haya fracasado hasta ahora, especialmente por Estados Unidos, no quiere decir que no deban estudiarse por quienes sean, la OUA, la OTAN, la UE o la ONU, fórmulas que sirvan para buscar y establecer un orden en Somalia. Donde, tomándola como punto de apoyo, tan enérgicamente pulsa la tumoración yihadista en África.