Inaplazable solución para Somalia

Es como una globalización africana de Al Qaeda. La masacre keniana del yihadismo somalí en Nairobi, aunque la gente de Al Shabab ha querido presentarla como una reedición del ataque terrorista en Bombay el año 2010, perpetrado por un comando pakistaní y en el que hubo 166 muertos, guardando así similitudes importantes, parece encajado en un plan africano de acción yihadista, con acciones al sur del Sahara conforme un esquema de despliegue operativo desde el Índico al Atlántico.

Es un trazado que incluye desde Somalia y Kenia a las recientes actuaciones en el Sahel. Principalmente en el sur de Argelia y el ataque a Mali, con la respuesta europea vía Francia, las actuaciones episódicas en Níger y, principalmente, los ataques también masivos, como ahora en Nairobi, contra el para ellos exponente occidental que significan los cristianos. Incluyen estos ataques , principalmente, los cometidos en Nigeria, dentro de los espacios no islamizados, por las huestes de Boko-Aram en los dos últimos años, con un largo centenar de muertos entre la población cristiana.

(El gravísimo atentado de ayer mismo en la ciudad paquistaní de Peshawar mediante dos coches bomba que causaron 78 muertes y decenas de heridos junto a una iglesia tras de estallar a la salida de la misa dominical, es algo que obliga a reflexionar muy seriamente a las autoridades islámicas sobre la abrumadora potencialidad del mensaje coránico para generar tan profusa violencia terrorista en supuesta defensa de la doctrina de Mahoma)

Volviendo a las consideraciones sobre la masacre de Nairobi, tan medularmente ligada al actual contexto africano, es la reflexión de urgencia sobre el severo margen de respuesta internacional que desata la tragedia de este fin de semana, focalizada asimismo en la condición occidentalizante del lugar del ataque, ese “Westgate” donde en fechas como estas concurren los europeos allí residentes y las clases medias y altas de la población autóctona.

La escala de la operación terrorista de la milicia somalí de Al Shabab (la misma que secuestró a las dos cooperantes españolas recientemente rescatadas) induce a prever una respuesta proporcionada en sus términos y en obligado formato ejemplarizante.

Respuesta que podría ser no sólo la ampliada por la propia Kenia sino – que ya tiene efectivos en Somalia apoyada por Etiopía – que ya en ocasiones anteriores también ha intervenido militarmente en Somalia, dada la situación caótica que atraviesa ese país africano a resultas de su fracaso como Estado tras de la caída de la dictadura de Barre. Son circunstancias todas que han convertido a Somalia, como agujero negro en el nordeste africano, añadidamente, en base y nido de los piratas que infestan ese espacio índico, de importancia vitalísima para el tráfico marítimo internacional, por los intercambios europeos con el mundo económico del Pacífico occidental a través de los Estrechos Orientales.

En este y otros aspectos la situación somalí ha sido paliada en buena medida por el despliegue naval europeo en la zona; pero, al propio tiempo, todo parece estar demandando en subsiguiente fase una acción conjunta euroafricana, con Kenia y Etiopía como digo. El problema de fondo no es el terrorismo de Al Shabab, porque éste es un efecto sistémico de la implosión somalí como Estado. Cabe entender por todo ello que en plazo no demorado sea la propia ONU la que tome cartas en el asunto promoviendo un consenso internacional que ponga remedio mediante fórmulas que remeden al menos los mínimos de seguridad y confianza internacional que aporta todo Estado por el hecho de serlo. Lo que no cabe sostener es un situación como al actual en la que Somalia esté neutralizada y maniatada por el terrorismo de Al Qaeda.