Una falsa disyuntiva sobre Gibraltar

Hay como una falsa disyuntiva sobre Gibraltar. De una parte, la cuestión de si la estrategia política más adecuada sería la de insistir en el fondo mismo de la cuestión, que es el de la soberanía sobre la plaza, a lo que se resiste el actual Gobierno británico; de otra, armarse de paciencia y seguir con presiones puntuales sobre todos y cada uno de los incumplimientos o violaciones por parte del Reino Unido del Tratado de Utrecht, tal como parece haberse optado ahora, al menos en términos de énfasis, por parte del Gobierno español. Toda vez que Londres se pasa por el antifonario la legalidad internacional, luego de que Naciones Unidas resolviera que era eso, la cuestión de la soberanía, lo que se debía resolver para acabar con el colonialismo en España y en Europa.

Sabido es de todos que la trampa británica de ahora para perpetuar las consecuencias del latrocinio histórico en que consistió la ocupación de Gibraltar durante la guerra europea de hace tres siglos por la sucesión en el trono de España tras la muerte sin heredero de Carlos II, consiste en atribuir a los gibraltareños de sustitución instalados por Londres – luego de expulsar a la población española – la condición de sujeto nacional con título bastante para comparecer como supuesto titular de derechos soberanos.

Ocurrió en su momento que Naciones Unidas – sin entrar en el asunto de si ese concreto agregado de gentes establecidas allí por los británicos, es o deja de ser un sujeto de derecho internacional, para que en el caso de ser reconocido como tal pudiera concurrir como parte-, precisó y sentenció que el derecho (de España) a la integridad territorial de la nación colonizada prevalece sobre los supuestos títulos y aspiraciones de los presentes pobladores del territorio incurso en el concreto debate de descolonización.

Los llanitos sólo son titulares de derechos individuales pero no del título de pueblo. Y aun en el caso de que lo tuvieran, tal título cedería, como se resolvió, al de la nación española. Derecho a que la integridad territorial se le restituyera. Esto es lo que la ley internacional estableció. Pero frente a eso está el cursante y fraudulento truco británico de esgrimir como un parapeto frente a España a los llanitos, en tanto que éstos son supuesto sujeto de un derecho colectivo, equiparable al propio de una nación.

Resulta ello tan paladino como infinita torpeza fue que el Gobierno socialista de José Luís Rodríguez Zapatero les cediera a los gibraltareños la condición de parte – junto a España y el Reino Unido -, muchos años después de que en1982 el Gobierno de Felipe González les abriera de par en par la verja fronteriza que sustanciaba el aislamiento por tierra establecido en el Tratado de Utrecht.

Una ejecutoria al respecto esta del PSOE sobre la integridad territorial de España respecto de la reivindicación de Gibraltar, de inquietante paralelismo con la de la actual Oposición socialista ante el secesionismo en Cataluña, no ocurriéndosele otra cosa en bien de la cohesión territorial de la nación española que la de una alternativa federal, sin pararse a considerar que el Estado Autonómico, establecido en la Constitución de 1978, es materialmente más “federal” – por razones de equilibrio de gastos entre la Administración Central y las Administraciones Autonómicas y por la descentralización de competencias tan decisivas como la de Enseñanza – que la mayoría de Estados formalmente federales. Es como si desde esa alternativa de poder no se supiera lo que se dice, o se ocultara lo que se pretende.

Volviendo a lo que específicamente íbamos sobre Gibraltar. Es falsa la disyuntiva entre el mantenimiento de la actitud y reivindicación de la soberanía por una parte y la de centrarse en las cosas “a corto” creadas con las “picardías” y demás extralimitaciones británicas en la Colonia. Londres consiente porque la infracción de los límites físicos impuestos en el Tratado de Utrecht, como el atentado contra el caladero y la ampliación perimetral de la plaza; con el uso funcional de las aguas del entorno -que son de soberanía española – en el negocio de los surtidores flotantes de combustible para la marina mercante; consiente, digo, porque son, con el contrabando, el blanqueo de capitales y la actividad mercantil recrecida con 60.000 líneas telefónicas instaladas por gracia, una vez más, de la torpeza española. Consiente Londres porque son cosas que enriquecen a los llanitos, muchos de los cuales viven -con sus residencias en España- como jeques árabes del petróleo. Es el soborno británico.

Mientras los gibraltareños disfruten de esas gabelas parasitarias sobre la economía y la soberanía española, siempre votarán por seguir como están. Por eso mismo, cuanto se haga contra eso se estará operando contra el fondo soberano del problema.