Siria, un asunto angloamericano

Internacionalmente, por lo que toca a la decisión angloamericana y la asistencia francesa, la cuenta atrás ha terminado; sólo faltaría que los inspectores enviados por Naciones Unidas salieran de Damasco. Los dispositivos están a punto, tanto los aéreos como los navales, y en Israel la gente se ha pertrechado de máscaras antigás. Sería cosa de dos días de operaciones contra los puntos neurálgicos  del sistema militar sirio. Conceptualmente, la operación armada se quiere presentar, a lo que se ve y por lo que se escucha, como un acto de disciplina internacional contra el régimen de los Assad, en castigo por haber empleado armas químicas frente a los rebeldes: se da por hecho que ha sido así, aunque el Gobierno de Damasco sostenga que han sido éstos quienes las usaron. Todo parece posible, no hay base objetiva de convicción; tampoco autoridad histórica bastante para blandir a este respecto la espada de la justicia…

Se acaban de desclasificar archivos de la CIA concernientes a la guerra de los ocho años de Iraq con Irán, entre 1980 y 1988, en la que Estados Unidos pertrechó a los iraquíes, financiados y/o pagados a su vez por la petro-monarquías del Golfo, para defenderse éstas de la Revolución Islámica emprendida por el Imán Jomeini, luego de derrocar la monarquía del Sha Mohamed Reza Pahlevi.

La misma CIA que había maniobrado contra Mossadeq, el Primer ministro del Sha, hasta derrocarlo tras de la nacionalización de la Anglo-Iranian Petroleum Company, repitió la operación cuando el Sha fue desalojado del trono. Washington pertrechó a Sadam Hussein, incluyendo armas químicas. El gas sarín, que figuraba entre los recursos aportados, fue decisivo recurso en la victoria final de los iraquíes al cabo de esa larga guerra, comenzada por una disputa fronteriza en el espacio del Chat el Arab, donde el Éufrates y el Tigris confluyen en el Golfo del Petróleo.

Es obvia la importancia de este precedente. La misma ecuación político-militar angloamericana contra Mossadeq es la que ahora se dispone a intervenir sobre Siria por causa del gas sarín utilizado en el seno de su guerra civil: probablemente empleado por el Gobierno de Assad y, posiblemente, también por los rebeldes. Se incluyen entre estos iraquíes suníes que podrían tener en su poder parte del armamento químico del que dispuso Sadam Hussein en la guerra de los ocho años contra Irán, ya que a esos mismos remanentes se recurrió por éste contra los kurdos de Iraq en el último de sus conflictos.

Pero relevante es también que entonces como a estas horas, en el teatro de la operación sobre Siria -al igual que, simultáneamente, en la tensión contra Irán, el alter ego de los sirios-, comparecen los mismos antagonistas de fondo: de un lado, el consorcio angloamericano, y enfrente los rusos de ahora y soviéticos de los tiempos de Mossadeq.

Y como superestructura occidental, la mismísima OTAN, en la que estamos los españoles tocando el tambor y aportando de todo -la base de Rota, el plus del Escudo Antimisiles y la vergüenza de Gibraltar- junto al dúo, una vez más, de Londres y Washington, cuya amistad, ante el pitorreo de Picardo y Cameron nos sirve lo mismo que un forro polar bajo un abrigo de astracán en la Feria de Sevilla.

Valgan estas consideraciones como complementaria visión española de esa “obscenidad moral” que representa en Siria el uso del gas sarín que hace 33 años llevaron Estados Unidos a Mesopotamia para pararle los pies a Jomeini.