En el síndrome del perro flaco

Es lo que nos faltaba. Ahora es el presidente del Bundesbank quien se apunta a las impertinencias con España, criticando ante la canciller Merkel nuestra “lentitud” con la ejecución pendiente en las reformas y por la prórroga en el plazo para la reducción del déficit público, olvidando el repelente Niño Vicente del banco central alemán cómo en 2003 eran ellos, los alemanes quienes incumplían, con los franceses, el suyo propio establecido en el Tratado de Lisboa, sin que casi ninguno se rasgara las vestiduras.

Ocurre que entre tanto, a propósito de Gibraltar se toma Lisboa las cosas con irritante pachorra a la hora de activar, con presteza en el envío, las inspecciones demandadas frente a las tropelías estructurales en que se afana el delegado electo de Londres en el Peñón. Tropelías contra el Tratado de Utrecht en lo concerniente a la titularidad soberana de las aguas y en lo que toca a la observancia de las leyes de la Unión Europea sobre el medio ambiente, el contrabando eventualmente apareado con el tráfico de drogas y la burla de la fiscalidad.

Conjunto de lenidades con la que la política de Londres sufraga la adhesión de los llanitos en los turnos electorales, votando por la continuidad de la soberanía británica que les enriquece en los sabidos términos. Más que paredaños con la prostitución colectiva como votantes.

Al establecimiento de realidades tales han contribuido, por riguroso turno ya en los tiempos de la restablecida democracia, los Gobiernos socialistas. Aportadores todos ellos de congruos robustecimientos del confort material de los gibraltareños, y a sus holguras políticas para la conllevancia en la cordialidad de trato y en el mullido confort de sus privilegios de Solitaria instalada en el vientre de España. Si Fernando Morán les abrió la Verja a los pocos días de instalarse el PSOE con Felipe González en el Gobierno de la nación, allá por 1982, ya en tiempos de José Luís Rodríguez, con Moratinos en el Palacio de Santa Cruz, lo de la Verja quedaba reducido a cosa de rango menor, casi de broma, con el otorgamiento a los gibraltareños de la condición de parte dentro de las alternativas soberanas en las dialécticas del Tratado de Utrecht.

Pero también el Partido Popular hizo sus aportaciones, bien que en el contexto de una etapa negociadora en la hipótesis de la cosoberanía, al ampliar de modo sustancial las dotaciones de infraestructura para la comunicación, desde la que se ha producido el espectacular crecimiento de esa área de negocio “on line”.

Con una ejecutoria española así y un balance de las consecuentes características, poco de extrañar tiene que un aliado común como el estadounidense -común pero no imparcial- no haya movido pie ni pata para acabar con ese indecoroso espectáculo instalado dentro de la OTAN y de la Unión Europea. Lo cual no deja de ser escandaloso habida cuenta, además, la alianza de doble vínculo que une a Washington con Madrid: bilateral, por el renovado Tratado de 1953, y multilateral, por vía de la OTAN. Primada en este caso, con el inefable ZP, mediante la aportación española, desde Rota, al Escudo Antimisiles.

¿Cómo desde tan acrecida aportación española al aliado norteamericano no hace éste algo más que un gesto de honesta congruencia para la cancelación del inútil estafermo colonial de Gibraltar? Quizá porque en tanto no superemos de una vez nuestra insistida condición política de perro flaco por nuestros disensos nacionales de fondo, todo se nos volverán pulgas.