Un mundo en combustión islámica

Ha sido en el último momento. Cuando había ya empezado la marcha atrás para que Estados Unidos interviniera en Siria conforme alguna de las hipótesis de actuación consideradas: bombardeo con misiles al igual que en el caso de Kosovo; bloqueo del espacio aéreo, como en Libia; o cualquier otra que no incluyera, en principio, una bota americana sobre el terreno. Damasco abrió sus puertas a los ojos de Naciones Unidas sobre el lugar y el entorno del impacto último de las armas químicas.

En la Casa Blanca, el anunciado compás de reflexión en torno a una eventual entrada militar en Siria por parte de Estados Unidos, presentaba en el caso de ahora preocupantes aspectos nuevos. El correspondiente, en primer lugar, a los 350 muertos ocasionados por este ataque con armas químicas, cuya autoria no parece clara luego de que el Gobierno de Al Assad denunciara la detección de un arsenal de ellas en un depósito subterráneo de los rebeldes de la facción suní, cuyos correligionarios iraquíes siguen con su ola de ataques terroristas en Iraq dentro del espacio ocupado por la mayoría del chiísmo, que gobierna en el país desde la implantación de la democracia electiva tras del derrocamiento militar del régimen baasista de Sadam Husein.

Otro componente del escenario en el que se ha centrado la reflexión norteamericana sobre la oportunidad, necesidad y eventuales costes de una intervención militar norteamericana en Siria era, además de la reiterada advertencia del Gobierno de Damasco sobre la virtualidad desencadenante de un incendio global que tendría ello en la región; observación a la que habría de añadirse las no menos reiteradas advertencias y amenazas por parte de Irán, ahora movilizado por Siria como interlocutor ante la ONU para verificar su versión de que las armas químicas han sido empleadas por los rebeldes. Facción por la que el depuesto Morsi – islamista radical co o ellos – había expresado comprometedoras preferencias.

Porque no era ni es sólo el tema de la guerra civil en Siria la base material del riesgo de un conflicto generalizado en Oriente Próximo y Medio. Está también el propio escenario egipcio, donde las discrepancias musulmanas de fondo aportan la tensión añadida de todos sus musulmanes suníes. Facción islámica en la que la mayoría política se integra en la Hermandad liderada por Morsi, mientras que los demás siguen, en sustancia, adheridos al movimiento cívico-militar que el 3 de Julio apartó a Morsi, el beligerante electo, de la presidencia de la nación egipcia.

Y no acaba en esto el conflicto religioso. Hay que añadir  la campaña iniciada por los Hermano Musulmanes contra la minoría copta de Egipto, que representa el 10 por ciento de la población y a la que le acaban de incendiar 43 de sus templos, en las zonas más alejadas de El Cairo y las otros grandes núcleos de población, como Alejandría o Port Said. Allí, la tea incendiaria – propiciada por la comparecencia de la máxima jerarquía copta en la presentación de quienes están con el provisional nuevo poder – afectó también a las iglesias cristianas en los últimos meses del régimen de Hosni Mubarak.

Significa esto último que la combustión islámica como motor de la violencia política en el mundo mayoritariamente musulmán del Próximo y Medio Oriente extiende su llama sobre la minorías cristianas existentes. Introduce ello una variable aparentemente no advertida lo necesario, tanto cuando se ha pensado hasta ayer en Washington qué hacer en lo tocante a una eventual intervención en Siria, donde el régimen protege a la minoría cristiana; o en cancelar las ayudas a Egipto, donde el problema de las minorías – religiosas y políticas – creció de modo crítico cuando el presidente electo Morsi emprendió un camino autoritario de reformas legislativas al aire de la Sharia o Ley Islámica. Algo que arrollaba los derechos de las minorías. Piedra de toque del sistema democrático según al menos, desde el consenso occidental en el diagnóstico de Alexis de Tocqueville.

Con ello queda añadidamente claro que la legitimidad de origen del poder obtenido en las urnas no puede trasmutarse en patente para construir un sistema de poder basado en otras “legitimidades” que las democráticas, frontalmente opuestas a éstas.

Son los islamistas los totalitarios de ahora, queriendo imponer la Sharia; como en los años treinta del pasado siglo fueron los nazis -disparados desde las urnas contra los derechos individuales- quienes ilustraron y ejemplificaron el despropósito del presidente Morsi. Es debate este que hasta hace unas horas  alumbraba las dudas norteamericanas sobre qué hacer con Siria y quizá también ante la provisionalidad del nuevo poder en Egipto.

Y en Nigeria

Pero, al propio tiempo, la cuestión islamista en el ámbito africano se ejemplifica con una práctica y un discurso específicamente anticristiano, en el que se inscribe la campaña frontalmente terrorista de Boko Haram, en el Estado de Borno, dentro del norte de Nigeria, cuya última razia ha segado la vida de 44 cristianos. El motor “ideológico” de tal campaña está centrado en combatir la enseñanza occidental y cristiana. Es la lógica brutal del islamismo contra la libertad individual. Al cabo, la secularización de la política, al diferenciarla del orden religioso, es herencia de la cultura occidental y cristiana como soporte de la civilización democrática.

Los cristianos de Egipto y los de Nigeria, como los pertenecientes a otros ámbitos del Islam en ignición, están en el punto de mira de todo yihadismo. Por algo la libertad política es el valor primordial de la cultura de Occidente.