El drama de los tres faraones

Mientras España investiga si Picardo -empeñado en engrosar la cintura, los pies  y la sombra de la Colonia- ha puesto en las aguas españolas, junto al Peñón, nuevas cargas de engarfiados bloques de cemento, en el otro extremo de la cuenca mediterránea, sobre la embocadura del Canal de Suez, entre el Sinaí, el Nilo y la Cirenaica líbica (donde comenzó la revuelta contra el emirato del enloquecido, estafador y tiránico Gadafi, que acabaría con él y daría paso a la revolución egipcia), se abre el escenario político en el que se representa el drama de los tres faraones.

Primero, por orden de aparición en escena, el depuesto Hosni Mubarak, ahora excarcelado -provisionalmente y para un confinamiento domiciliario- por haberse cumplido el plazo legal de la detención preventiva, mientras espera que en una 70 horas se le lleva de nuevo ante los jueces para que éstos decidan sobre otras responsabilidades penales que se le imputan en la muerte en su día de 600 manifestantes en los últimos días de los 30 años que gobernó Egipto. Un anciano, este Mubarak, lúcido y constreñido a la reflexión. Forzado a meditar la suerte que le espera ahora que los suyos, los militares nacionalistas, no sólo adversarios sino enemigos acérrimos del islamismo como instrumento político, han activado la maquinaria procesal para que se resuelvan las responsabilidades que se le imputan.

Segundo, Mohamed Mursi, elegido para la jefatura del Estado en las primeras urnas de la transición egipcia a la democracia, derrocado por la Junta cívico-militar ante el supuesto desvío de sus atribuciones constitucionales y retenido en una reclusión no carcelaria; estado en el que permanece en razón de cargos que van cayendo sobre él de modo sucesivo y que amplía cada uno 15 días la duración de su confinamiento quien decide “manu militari”, por ahora y parece que para largo.

Tercer Faraón. Me refiero al jefe de las Fuerzas Armadas egipcias, Abdul Fatah al-Sisi. Personalidad de la que, a primer golpe de vista, destaca -además de por su frustración tras de haber perdido parte importante de su coartada y cobertura política civil con la defección de Al Baradei por la sangrienta represión de las protestas islamistas-, por una juventud que, al parecer, ha sido determinante dentro del estamento militar egipcio en su cooptación para el mando de las FF.AA. Cosa esta no decidida ahora, junto al 3 de Julio en que se depuso a Mursi, sino que data de la crisis en que Hosni Mubarak fue apartado del poder por los propios militares.

Podría considerársele a Al-Sisi como algo más que la Piedra Rosseta que ayudara a descifrar los jeroglíficos de fondo en el relato sobre el drama de la crisis política egipcia: episodio mayor de la “primavera política” norafricana y árabe. Objetivamente hay margen suficiente para insistir en la observación de que el actual cuadro egipcio con tres “faraones” hace algo más que remedar los sucesos turcos de 1923, cuando Mustafá Kemal y sus coroneles secularizaron el Imperio Otomano. Es tiempo de novedosas pluralidades. Junto al trío faraónico en el Nilo hay dos Papas junto al Tíber y dos Gobiernos británicos responsables de la crisis de Gibraltar.