El cáncer de Gibraltar

El Gobierno británico ha respondido con cajas destempladas la propuesta epistolar del ministro español de Asuntos Exteriores en el Wall Street Journal de entrar en los temas todos concernientes al cáncer gibraltareño -que se metastiza en nuevas y sucesivas crisis-, proponiendo limitar el debate sólo al problema de la pesca: última de las materias convenidas entre las dos partes en las que el Reino Unido ha incumplido lo pactado. Del debate sobre el Peñón, la soberanía -que es el tema de los temas- Londres no quiere saber nada. Las cosas son así y parece que no hay que darle más vueltas al asunto, en tanto al socio en la UE y aliado en la OTAN no se le lleve del ronzal a la mesa de la negociación por la vía de los hechos y el destape de las ilegalidades.

Lo cual sería quizá factible desde las condiciones que se deriven de las inspecciones convenidas por la Unión Europea para verificar denuncias españolas como el contrabando, el tráfico de drogas, el blanqueo de capitales y la estructura de paraíso fiscal en que ha venido a resultar la Colonia, más que suplida estratégicamente al cabo de los años, en virtud de los pactos bilaterales hispano-norteamericanos por la base de Rota.

Hecha esta elemental observación resulta que el único interés local que puede soportar la continuidad del hecho colonial británico en la provincia de Cádiz no es el interés de la potencia colonizadora en sostener allí un dispositivo de naturaleza estratégico-militar, sino el de los llanitos o pobladores de reemplazo puesto que el dispositivo colonial es la infraestructura histórico política que les permite disponer de medios económicos por las vías ilícitas del contrabando, el blanqueo de capitales y, en general, el devenido carácter de la Colonia como paraíso fiscal de hecho. Todo un conjunto de circunstancias y actividades que les constituyen en ciudadanos de doble excepción: por la lucrativa e ilícita actividad a que se aplican a la sombra de la Union Jack y por el excepcional entorno físico del que disfrutan, desdoblándose lo suyo en un doble estatus de afincamiento: como residentes de derecho en Gibraltar y como disfrutadores de hecho del entorno español dentro del que está implantada la Colonia.

¿Cómo van a votar los llanitos en un referéndum por la renuncia a tan excepcional bicoca? Siempre sufragarán por la continuidad de su ciudadanía británica para mantener un régimen de vida como el suyo, que es de primera especial. Llamando las cosas por su nombre, cabe decir que la tolerancia de Londres por las actividades ilícitas que se practican en la Colonia responden a un pacto tácito y a un acuerdo implícito entre el Reino Unido y los gibraltareños, en cuya virtud éstos ven retribuida su estructura de negocio y su práctica mafiosa contra la economía española y las leyes comunitarias, porque nunca dejarán de votar por la ciudadanía británica y contra la devolución de Gibraltar a nuestra soberanía. Para ellos y para Londres el pacto es perfecto y redondo el negocio.

Ese género de relación podría verse severamente afectado si la inspección de la Unión Europea se lleva adelante con rigor y se aplican las sanciones correspondientes. Por lo demás, sabido es que la doctrina al respecto de Naciones Unidas en materia de descolonización, el derecho a la integridad territorial del país que la padece prevalece sobre el derecho a la autodeterminación de la población establecida en el territorio; mientras que por otra parte, conforme el Tratado de Utrecht Inglaterra sólo puede deshacerse de su soberanía sobre el Peñón para devolvérsela a España. Y, mientras tanto, los cambios resultantes del paso del tiempo, tal como digo, han convertido la colonia de Gibraltar en un cáncer político y económico que daña a España y vulnera el Derecho europeo.

P.D.- ¡Menuda tarjeta postal han enviado los “kemalistas” egipcios al señor Erdogan, primer ministro de Turquía y procurador global de la causa islamista de los Hermanos Musulmanes, con la excarcelación del expresidente Mubarak!