Un filtro para Gibraltar

No es peor, sino todo lo contrario, el nuevo marco de las discrepancias hispano-británicas sobre Gibraltar. A Picardo, el llamado “ministro principal” en la colonia, se le fue la mano, después de la danza de las patrulleras, con la escollera de fondo -bloques de hormigón y cuernos de hierro- instalada para impedir la pesca de siempre en las aguas del entorno del Peñón, que son españolas conforme la normativa legal aplicable al caso; normativa que no es otra que la del Tratado de Utrecht. Iniciativa del delegado que Londres tiene en la Plaza con la pretensión de zanjar poco menos que “manu militari” la cuestión marco sobre el tema, que no es otra que la muy principal cuestión de la soberanía. Como abogado (mercantilista) no estuvo a la altura (iuspublicista) que requería y requiere la base jurídica del tratamiento político de la disputa hispano-británica sobre Gibraltar.

Junto a eso puede ser lo más importante en las actuales circunstancias eso del nuevo marco por el que al menos parcialmente discurre el enfrentamiento entre España y el Reino Unido. No puede Londres en lo de ahora llamarse Andana tal como ha hecho desde los años 60 del pasado siglo con las instrucciones, fallos y recomendaciones de Naciones Unidas sobre la cuestión de Gibraltar en su conjunto. Picardo ha bajado a la arena -con los bloques de hormigón y los garfios de hierro- en algo tan concreto como la explotación pesquera española de sus propias aguas, y con lo de las gasolineras en aguas que no son británicas, infringiendo así, a la limón, principios medioambientales en los que se fundamenta la legislación comunitaria en la materia.

Por fortuna para España los tiempos han cambiado en la proporción misma que lo han hecho para el Reino Unido. Ni es el Imperio que fue -cuyo auge coincidió con la desaparición del Imperio español- ni tampoco está ya incardinada en contextos de insularidad que antaño, al tiempo que con lo otro, le permitían la práctica de la omisión y el ejercicio del desdén en las prácticas internacionales de su hegemonía. Ahora, sin embargo se ve constreñida a moverse y actuar sin las holguras de antaño. Está ahora, como España, en la Unión Europea y en la Organización del Tratado del Atlántico Norte: supuestos generadores de consecuencias relevantes para las respectivas pautas de actuación.

El problema actualmente, en lo que a España corresponde, es que nuestra diplomacia, como nuestros políticos y nuestros juristas sean capaces de jugar las bazas adecuadamente, y sacar de ellas los resultados más favorables para nuestros intereses nacionales. Lo cierto es que las dichas torpezas cometidas por el frente británico en la cuestión de las aguas gibraltareñas, le han llevado a un espacio, a un terreno, en el que es factible la lidia política sobre Gibraltar que Londres siempre había conseguido evitar. Es más que verosímil, ahora, que unos y otros, británicos y llanitos, ya no puedan mirar a otra parte y que, enganchados como están en los garfios de su escollera, hubiera margen, a corto o medio plazo, de llevarles a la negociación o al pleito en los foros internacionales de la política y el derecho. Existe filtro internacional bastante para los tráficos ilícitos, el blanqueo de dinero y las aguas (españolas) de Gibraltar.