Hacia el cataclismo histórico en Egipto

Ante los sucesos de Egipto, desde la óptica política convencional, se entiende perfectamente que el secretario general de la ONU se escandalice en los sabidos términos; que Washington esté dando la imagen de no tocar pelota dentro de su responsabilidad en el concierto internacional; que la propia Unión Europea se escandalice también, con términos diferenciados de expresión en los casos de Francia y el Reino Unido, y de Alemania y España, que ha llamado al Embajador de Egipto en Madrid; que el Gobierno islamista de Turquía, con entusiasmo militante, venga a pedir un foro internacional contra las matanzas en que se resuelve el desafío de los partidarios del depuesto presidente Mohamed Morsi; y, por supuesto, se entiende sobremanera que la República Islámica de Irán, con su nutrido expediente de atropellos contra procesos electorales venga a tronar contra lo que ahora ocurre en el Egipto que se le había abierto como la más importante ventana en el mundo árabe.

Pero habría de entender también que el calado de tan aguda crisis de violencia en que está volviendo a embarrancar nuevamente la transición egipcia a la democracia, no tiene nada de convencional y demanda ópticas proporcionalmente diferenciadas para acercarse a la ecuanimidad analítica que la tragedia demanda. La profundidad del proceso de colisión en que se encuentra sumido el país del Nilo es de magnitudes y localización tectónicas; procede y está encajada en profundidades de tal naturaleza. Viene de más allá de la política y está encajada en lo más profundo de los cimientos de su Historia: de una parte, arranca del tiempo de la arribada del Islam. Que alcanza a reducir el cristianismo de la población que lo constituía hasta sólo un 10 por ciento de ella en la actualidad. Lo cual no quiere decir, de un punto, a que el colosal problema actual sea directamente una cuestión religiosa sino que, indirectamente, la tragedia política por la que los egipcios se comienzan a despeñar no puede explicarse sin tener en cuenta la raíz religiosa de todo.

Desde una perspectiva paralela del tremendo asunto, debe señalarse toda la condición cultural – como forma genérica de articular la convivencia política nacional de los egipcios – aparece fragmentada en dos distintas concepciones de la convivencia entendida en términos de libertad democrática. Esta podría considerarse como la cuestión crítica por cuya causa ha comenzado a extraviarse allí, en Egipto, la convivencia nacional conforme maneras que no se recuerdan en tiempos contemporáneos. Y lo ha hecho precisamente a partir de la quiebra del paréntesis autocrático de los últimos 40 años, con la llegada al país de los faraones de la llamada “primavera árabe”. Un cuadro sísmico comenzado como se sabe en Túnez, durante diciembre de 2011: con el derrocamiento de otra autocracia y la entrada de otro Estado norteafricano en inestabilidades tampoco resueltas todavía. Aunque desde presupuestos enteramente distintos a los de Egipto.

Estos días críticos en El Cairo y Alejandría, especialmente, pero también en otros de sus núcleos urbanos – con sus dinámicas sociales propias porque las relaciones de vecindad, por razones de cercanía, son diferentes, más intensas, que las propias de las grandes urbes, más débiles por despersonalizadas, y en consecuencia más abiertas al sentimiento individual de impunidad en contextos de violencia-; en estas horas dominadas por la aprensión de que todo puede pasar, también se advierten otros cuadros de diversidad en los comportamientos de los individuos y de los grupos encuadrados en las distintas posiciones ideológicas, tanto en el campo de las tendencias seculares y laicas como en el de las adscripciones y posicionamientos políticos desde lo religioso.

En lo primero resalta la dimisión de Albaradei, el Nobel de la Paz, como el gran crujido en la coalición cívico-religiosa que apoyaba a la Junta Militar vertebradora del golpe contra el poder de los Hermanos Musulmanes representado por Mohamed Morsi; pero también ha sido de la mayor significación que otros islamistas integrados en la coalición contra el presidente electo se apresuraran a descolgarse de ésta, a la vista de las mortandades resultantes de la respuesta policial al desafío de acampados y manifestantes contra el poder del Estado, tras de los sucesivos plazos para que se desmontaran los campamentos urbanos de la Fraternidad Musulmana.

Tal defección de los disidentes islamistas – complementaria del gesto de Al Baradei – ha supuesto tanto como la desaparición de todos los puentes entre la tectónica orilla irreductible de los Hermanos Musulmanes y la no menos intransigente tectónica de los militares con su determinación “kemalista” de que el Corán no sea la arquitectura constitutiva del poder político en Egipto. El depuesto Morsi pretendía remedar al turco Recip Erdogan, restaurador del islamismo que desahuciaron los militares después de la Primera Guerra Mundial. Pero el paradigma específico de los militares egipcios ( ahora como en tiempos de Gamal Abdel Nasser) es Kemal Ataturk, debelador del islamismo otomano. Erdogan acaba de purgar y descabezar la estructura militar turca días después de que en Egipto quitaran a Morsi de la presidencia en su país. Esta guerra de los paradigmas sistémicos junto al Nilo y el Bósforo, es tanto como la expresión en superficie de la tectónica de placas entre el integrismo islámico y la modernidad política. Una dinámica de fondo cuyos costes, naturalmente, cursan en régimen de cataclismo.