Los Hermanos Musulmanes, conminados a desalojar

Como si la visita a Egipto de la encargada de la UE para la política exterior, señora Ashton, hubiera sido una tregua en la grave tensión nacional por la que atraviesa el país, una vez que la visita ha terminado luego de la entrevista que mantuvo con el expresidente Morsi, con la que cerró sus encuentros con los interlocutores oficiales, incluido el presidente Mansur y la más alta jerarquía militar, el nuevo poder ha conminado al partido Libertad y Justicia, órgano político de los Hermanos Musulmanes, para que se retiren sus manifestantes acampados en El Cairo a la mayor brevedad posible. La conminación ha seguido también al fracaso de la convocatoria para que este martes se presentaran un millón de manifestantes como muestra de su propio poder frente al nuevo Gobierno del país y al estamento militar que lo sostiene.

Los otros manifestantes, aquellos que concurrieron contra el poder depuesto, no han vuelto a tomar la calle para definirse contra el integrismo político en estado puro que representaba la presidencia de Morsi, por mucho que éste hubiera salido de las urnas libres del primer proceso de transición egipcia a la democracia, tras el derrocamiento de la autocracia nacionalista del presidente Hosni Mubarak.

Este cuadro político parece expresar varias cosas. Acaso la más importante de todas el apoyo al actual Gobierno de una parte del país que en estos momentos supera a la de los Hermanos Musulmanes -pues en ella se integran grupos o partidos islamistas que no se encuadran entre los seguidores de Mohamed Morsi-; pero es muy relevante también el dato de que el nuevo poder mantiene la acusación, ciertamente muy grave, de que el depuesto jefe del Estado estuvo incurso en una conspiración con la facción palestina de Hamas, dentro de la cual se produjo el asalto a una prisión en la que se encontraba el propio Morsi y otros colaboradores suyos, que se fugaron de la misma con ocasión de tal asalto.

Y junto a ese cargo, el de complicidad en acciones de violencia terrorista contra puestos militares en la Península del Sinaí, dentro de espacios de esa zona desértica en los que se repiten actuaciones de Al Qaeda desde que arrancó la concluida fase del cambio político en Egipto. Estos cargos contra la figura más representativa de la Hermandad Musulmana, aportan un componente de responsabilidades penales que no son susceptibles de pacto ni tampoco materia de arbitraje internacional. Algo, por tanto en lo que la enviada de la Unión Europea no ha tenido posibilidad alguna de intermediar; aunque su presencia en El Cairo ha sido de utilidad incuestionable para el actual Gobierno provisional en Egipto, en la propia medida que éste ha permitido que mantuviera una entrevista con el presidente depuesto y confinado en lugar aún secreto.

Si las cosas no estuvieran tan paladinamente claras no habría fracasado como lo ha hecho la última manifestación convocada para exigir al Gobierno la reposición de Mohamed Morsi en la presidencia. Dos cosas cabe entender en consecuencia: una, que la crisis egipcia entra en una nueva fase; y otra, que se vislumbra la desaparición de las acampadas de los seguidores de la Hermandad, para quienes Morsi, antes de las graves acusaciones que se le han hecho, era poco menos que la expresión de la honestidad política  sin mancha de responsabilidad alguna. Pero si en su procesamiento se probaran los cargos que se le imputan por el nuevo poder, desaparecería de su acervo personal y político todo rastro de legitimidad democrática por haber sido elegido en su día presidente. Atentos pues a qué sucede en Egipto en los próximos días. O acaso de unas horas.