Túnez entra en la rueda de Al Qaeda

Era la pieza que faltaba para cerrar el círculo de las consecuencias de desestabilización engendradas por la “primavera árabe”, iniciada en diciembre de 2011. Y ha sido Túnez, precisamente, la pieza en cuestión. Por allí comenzó y por allí remata un camino del que el terrorismo islamista de Al Qaeda es el principal beneficiario. Una emboscada se ha llevado por delante la vida de 10 soldados tunecinos, justo en la parte occidental del país, en las montañas que limitan con Argelia: único Estado en el que la tal “primavera” no hizo mella y, al propio tiempo, único espacio nacional norteafricano en el que el islamismo, terrorista y no terrorista, no ha podido levantar cabeza desde que hace 20 años se lograra imponer en unas elecciones que le sirvieron de muy poco, tras del golpe de Estado militar que los quitó de en medio. Aunque al precio de una larga y sangrienta guerra civil con 200.000 muertos.

Es de notar que tampoco en Túnez tampoco ha prevalecido la estabilidad democrática, en la propia medida que el islamismo terrorista se ha llevado por delante, en sendos asesinatos a los dos políticos más significados en la representación de las alternativas de oposición democrática frente a lo que significa el integrismo musulmán. Y es lo más llamativo que fue en Túnez, bajo la égida de Habib Burguiba, donde más tempranamente se establecieron los fundamentos de una sociedad civil dentro del general arcaísmo islámico norteafricano.

Conviene advertir también la relación causal que existe entre la implantación de Al Qaeda en el Magreb y el efecto rebote de los sucesivos episodios de la primavera de marras en la cornisa norteafricana; especialmente, por causa de la guerra civil en que desembocó el cambio político en Libia. El reflujo a sus espacios africanos de origen de la recluta mercenaria hecha por Gadafi, una vez concluida la guerra, junto a la ingente cantidad de armamento trasegada con ello más allá de las fronteras libias en el ámbito del Sahel, sentó las condiciones para que en todo ese espacio, especialmente hacia el oeste, las huestes de Al Qaeda dispusieran de oportunidades nunca soñadas por el terrorismo islámico antes de que se pusiera en marcha el tren de la dicha primavera. Los ataques a las explotaciones argelinas de gas y, principalmente la guerra de Mali, han sido los episodios más representativos de ese proceso de desestabilización en el norte de África.

Sólo faltaba a esta inversión global de las expectativas abiertas por la “primavera árabe”, junto a la tragedia por la que ahora atraviesa Siria con su guerra civil, y los riesgos abismales que para el Oriente Próximo representa el violento atasco de la evolución egipcia a la democracia, la instalación del terrorismo islámico en el Magreb y en el vacío estratégico del Sahel.

Esto, que es algo más que un contrapunto a los acontecimientos egipcios, no sólo demanda la atención suficiente de Europa, sino también la continuidad en los esfuerzos desarrollados hasta ahora sobre Malí y Níger, puesto que el terrorismo islamista tiene otras pretensiones en el África negra, y muy especialmente en Nigeria, donde se cuece a fuego no ciertamente lento una guerra de religión contra las minorías cristianas.