Tsunami a las puertas de Egipto

Aun reducidos oficialmente a 72 las cifra iniciales de 120 muertos y centenares de heridos dadas por los islamistas, en una sola jornada, son cifras de violencia muy cualificada por la intensidad crítica que representan. Algo que encuentra su explicación última en la magnitud de las causas originarias del proceso, mucho más que solamente político. Viene todo de muy abajo, de los fundamentos geohistóricos del espacio sobre el que está construido el escenario en que se sitúa ese proceso norteafricano de cambio que parece excluir la posibilidad de pacto.

En lo más remoto del fondo, la placa de la política de signo nacional y la antagónica de signo islamista, solapadas en régimen de fricción, han generado ya por lo que se ve, niveles de temperatura bastante tanto para desarrollar un volcán como para disparar un terremoto submarino de esos resueltos en tsunami: como el japonés de Fukusima, casi capaz de ahogar la opción energética de la energía nuclear, o como el de Santorini, hace unos 3.500 años, en el Mar Egeo. Movió olas de 90 metros que – luego de acabar con la civilización minoica – pudo que se tragaran a las tropas de Ramsés, en el Mar Rojo (entonces unido al Mediterráneo), previamente replegado – en sístole sísmico- para que lo cruzara hasta el Sinaí el pueblo de Israel, conducido por Moisés.

Ahora son los egipcios los que buscan su transición hacia la tierra prometida de una convivencia política en paz, aunque lo hacen por caminos no sólo distintos sino diametralmente opuestos. Unos, los islamistas, con la religión -coránica- como política, y todos los demás, separando la ley propia, la de los hombres, de la ley de Dios, aunque no yendo contra ésta sino derivándola de la libertad de los hombres para pactar la ley civil. Y lo más relevante a estos efectos: ¡para sostener el Estado!

Contrapuesto al Estado, la Umma o Comunidad Islámica: paradigma, continente o recipiente de los musulmanes, en el quienes no lo son, por agnósticos o seguidores de otros credos religiosos, componen el mundo de los “infieles”. Éste es el punto de partida y línea de llegada de los islamistas. Por ello y desde ello, para éstos toda pugna política con los “infieles” trae implícitos muchas veces idea y sentimiento de que trata de una “yihad” o guerra de religión…

De ahí la importancia radical de la alternativa abierta en Egipto por el apartamiento militar del presidente Morsi, puesto que ha expresado en términos de la más absoluta radicalidad el disenso político cursante en el país; radicalidad que resulta menos de la creciente violencia en que se insiste, que de las profundidades abismales y sistémicas de la disidencia que la origina. Por ello mismo, reducir temáticamente el suceso egipcio de ahora a su etiquetado o no como un golpe de Estado – aunque el golpe aparezca en el centro de lo ocurrido-, aparta el problema de la posibilidad de dimensionarlo conforme los rangos que le corresponden.

Sabido es, por ejemplo, que la presencia del cristianismo en Egipto es anterior a la expansiva huella islámica por la fuerza de la espada. La condición mayoritaria del signo de la Cruz dejó paso a la del Creciente Fértil, hasta verse reducida en la actualidad al residualismo poco menos que testimonial de los cristianos coptos. La confesionalidad islámica de su orden político, aunque ésta se haya visto reducida en el último medio siglo por el autoritarismo nacionalista que se extendió hasta Mubarak, se encuentra acompañada de repetidos episodios de represión y violencia surgidos del peso abrumador del islamismo entre la población egipcia, aunque ello contrastara con la propia participación, a veces destacada, de cristianos egipcios en la política de su país; lo mismo que la de cristianos iraquíes en Iraq, hasta después de Sadam Husein, y de cristianos sirios en la Siria de los Asad, dentro siempre de los mismos contextos.

La salida egipcia de su atolladero más que político, parece identificarse, por tanto, con la forma de un Estado laico, ya que éste “permite la convivencia pacífica entre las diversas religiones”, tal como acaba de afirmar el Papa Francisco en Brasil.