Violencia tectónica

Habrá con toda seguridad otras muchas maneras de decirlo, pero la violencia que se ha enseñoreado en el Oriente Próximo después de diciembre de 2011, traspuesto el umbral de la llamada Primavera Árabe, resulta de la naturaleza de las presiones en régimen de placa tectónica con que se contraponen las bases cristianas y grecorromanas de la cultura occidental y las musulmanas – mezcladas con sus propios acarreos del mundo greco-latino y asiático, especialmente persa -. Lo que queda por encima en términos de cotidianidad, es tanto como las vibraciones y como las sacudidas sísmicas: en sus eclosiones mayores, de más altas escalas, y en sus réplicas: como ecos de intensidad descendiente, igual que los truenos de la tormenta que se aleja luego de retumbar encima de nosotros.

Como en los procesos geológicos, ocurre también que las Infra-bases culturales sobre las que están asentadas las tensiones políticas de gran calado, las tensiones contrapuestas son de naturaleza acumulativa y cuando la fuerza acumulada en la contraposición de toda parte con su contraria alcanza el punto crítico, sobreviene el cataclismo. Lo de la Primavera Árabe fue tanto como el preámbulo del tsunami político que inundó de conflictividad y violencia, en episodios sucesivos, el norte de África y parte del Asia Menor. La erupción subsiste, aunque diferenciadamente, en Egipto, que intenta una segunda transición, y en Siria, con sus dos años de guerra civil y sus 100.000 muertos en toda suerte de combates, genocidios y sarracinas.

Para lo primero, en torno al pleito sectario que opera de principal nutriente del conflicto general, ya se cruzan apuestas sobre el tiempo que habrá de tardar la llegada de la solución por el camino de Damasco, dado el número y complejidad de los añadidos intereses en liza; incluido en éstos los de formato geopolítico, donde tantos pitos tocan, casi como en la Guerra Fría, rusos y norteamericanos.

Y en lo que toca a Egipto, 150 muertos en espacios urbanos, principalmente en El Cairo, amén de otros 40 en la Península del Sinaí, amojonan el camino de la segunda transición: comenzada el pasado día 3 de este mes de julio y se centra en el empeño de remontar la tensión tectónica entre la placa democrática y liberal que se extiende desde Occidente, con la Política por un sitio y la Religión por otro, y la placa islámica integrista, que deriva del Corán, tomándolo como una Constitución, para las leyes políticas y los rudimentos todos de la moral y hasta de la higiene. O sea, como el empeño de integrarlo todo en unidad de presentación aquello lo que la libertad del hombre occidental desglosa y separa. Y el problema estriba en que unos egipcios quieren su modelo y los otros el contrapuesto. Siendo sólo la identificación del desacuerdo en que se encuentran el único punto en que unos y otros coinciden.

La segunda transición trae todas las trazas de que habrá de descarrilar como lo hizo la primera. Tal es el problema que ha identificado el muy occidentalizado vicepresidente Al Baradei, premio Nobel de la Paz, cuando acaba de señalar que tanto la solución como el problema mismo de Egipto se encuentran en el camino. Y como los egipcios en su conjunto no están de acuerdo en el camino, en el rumbo que han de seguir, ello evidencia la certeza de que les será casi imposible encontrar el viento favorable. Ese que conviene a todos.