Las Farc, más allá de Colombia

La denuncia de Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, de que las Farc han violado los compromisos de paz suscritos con el Gobierno, tras de secuestrar semanas atrás a un ciudadano estadounidense que fue miembro del Ejército de su país en la guerra de Afganistán, es un hecho de mayor alcance de lo que en principio cabría suponer puesto que desborda lo estrictamente colombiano para involucrar a la propia Venezuela de Nicolás Maduro: presidente de hecho por cuanto ni se han resuelto los problemas derivados de las impugnaciones políticas de su elección ni tampoco se han definido los términos en que el Gobierno actual de Caracas asume o modifica los términos en que el desaparecido Hugo Chávez definió los compromisos de su régimen con la causa de la narco-guerrilla.

Los énfasis desde los que el chavismo asumió lo sustancial del discurso político-ideológico y de las prácticas propias de la industria de la cocaína, con cuyos rendimientos económicos se ha financiado la organización decana del guerrillerismo castrista en el hemisferio iberoamericano, es terreno en el que Maduro aun no ha puesto el pie. Su estilo político (por decirlo de alguna manera) permite prever momentos de espectáculo y compases de tensión con el Gobierno de Bogotá.

De momento cuesta prever que las Farc no hayan consultado previamente con los suyos lo del secuestro del súbdito norteamericano. Y cuando digo así estoy pensando tanto en la propia Caracas como en la misma Habana: anfitriona de las negociaciones para la paz en Colombia en que se ha estado hasta hora y que habrán de resentirse por el secuestro de marras; dado que éste, como el presidente Santos ha señalado, corresponde a un diseño estratégico para la explotación propagandística. Al crearse – de ser admitida la tal iniciativa – un escenario político añadido con el debate ideológico al que daría soporte la incorporación de los exponentes personales propuestos por las propias Farc.

Como fácil resulta entender la creación y el establecimiento de un foro paralelo de estas características desvirtuaría por su propia base el esquema sobre el que se montó el proceso de los “diálogos” para la paz en Colombia. Descontado el mimetismo de Nicolás Maduro de cuanto hizo y dijo su padre político, el difunto Chávez, hay que prever las torpezas en que por vía de inmadurez incurrirá este genuino personaje de “comic”. Por ello no puede menos que esperarse un renovado ciclo de tensión en las relaciones entre Caracas y Bogotá si no media algún que otro tirón de riendas desde su propio equipo de asesores, si es que lo tiene, o desde la misma Cuba. La más interesada en que las meteduras de pata presidenciales no pongan en riesgo las petro-canonjías que les legó el desaparecido Chávez.

Las Farc, más allá de Colombia, limitan críticamente con lo que se haga o deje de hacer desde la muy verde Venezuela de este chavismo sin Chávez.