La agresiva inmadurez de Nicolás Maduro

Es lo suyo, cada vez resulta más evidente, echar los pies por alto. De tan probada capacidad para el disparate agresivo como herramienta de trabajo, había aportada ya muestras siendo aun ministro de Asuntos Exteriores, cuando la crisis de Honduras, al ser desmontado, destituido, el presidente Zelaya, por decisión conjunta del Poder Legislativo y el Poder Judicial, tras de violar la Constitución de su país este perjuro para cumplir – apuntándose a una elección presidencial más de las permitidas por la Carta Magna – las consignas circuladas desde el epicentro venezolano de la revolución bolivariana. A la que se había sumado luego de llegar a la presidencia con los votos de la derecha hondureña.

Se sabría luego, tras ser depuesto el personaje de la suprema responsabilidad del Estado, que el espacio hondureño había sido instrumentado como soporte en la ruta centroamericana de la droga colombiana, que es la infraestructura económica de las FARC; pues sabido es que la guerrilla colombiana la procesa en sus factorías de la selva y la lleva al exterior, principalmente, a través de la frontera venezolana; prevaliéndose ese componente troncal del narcotráfico, de complicidades casi desistémicas de militares venezolanos de alta graduación. Impunes ante el Estado en la propia y proporcional medida que sufragan su incondicionalidad al régimen. Aquellos eventualmente incursos en sospecha de deslealtades al sistema chavista son acusados de soborno, desfalco o cualquier otra cosa formalmente entendida como deshonrosa para un jefe militar.

Esa tecnología de la corrupción revolucionaria, ciertamente, no es ocurrencia del régimen paratotalitario de la última década venezolana. Responde a su paradigma de fondo, que es la dictadura comunista cubana. Así pasó allí con la disidencia del general Ochoa: Héroe de la Guerra de Angola contra la invasión surafricana a mediados de los años 70. Se le procesó por bien distinta cosa: corrupción y tráfico de drogas. Se le condenó a muerte y se le fusiló.

En esa escuela cubana de artes y oficios revolucionarios se graduó profesionalmente Nicolás Maduro, no se sabe si antes o después de echar los dientes laborales como conductor de autobús en la capital de su país de adopción. Levantar la voz desde su aventajada estatura y desde la cima de su ignorancia, tan revolucionariamente pulida en los seminarios soviéticos de La Habana, es menester en el que progresa a propósito de toda cosa. En este caso de ahora, con la arremetida brutal contra el presidente del Gobierno español, acusándole de corrupción y de promover y financiar a Henrique Capriles y a cuantos con él protestan desde la ley de su país contra la cadena de desafueros y violaciones de la secuestrada democracia venezolana.

Aunque quizá no quepa separar la embestida contra el Gobierno español del gesto rupturista con Estados Unidos por parte de este personaje, debe considerarse que no existen precedentes parangonables en las relaciones internacionales entre pueblos históricamente emparentados como el de Venezuela y España. Los términos en que Maduro se ha producido con el Gobierno español corroboran la oportunidad del cuento que corre por Caracas a propósito de la meteórica ascensión de Nicolás Maduro desde su primer trabajo como conductor de autobús a su actual desempeño como conductor del Estado y del régimen que lo gobierna. Se dice en esta broma que la metamorfosis funcional más relevante de nuestro personaje no ha sido ésta, sino la que le llevó a manejar la guagua desde el puesto de entre varas dónde tiraba del carro.