Stop de Washington a Caracas

El Gobierno de Nicolás Maduro tiene ya recibido el aviso de la Administración norteamericana frente a una eventual arribada a Venezuela de Edward Snowden. La advertencia, comunicada por el secretario de Estado John Kerry a Elías Jaua, el titular de Exteriores venezolano, está empedrada de amenazas de todo porte y condición: funcionales, como los suministros de productos derivados del petróleo comprado en parte a la propia Venezuela, como estructurales. Que afectan a la integridad política internacional del régimen chavista; especialmente lo que concierne al reconocimiento de Nicolás Maduro como presidente de la república bolivariana. Que sólo obtuvo un aprobado corto en el comité limeño de Unasur.

El Gobierno ruso tiene bien tomada la medida de la determinación estadounidense respecto del destino viajero del ex empleado de la CIA que escapó de su país llevándose las llaves de la seguridad informática de los propios servicios de seguridad. Tan claras han visto los rusos las cosas que el presidente Putin dio un giro de 90 grados de su posición inicial respecto del desertor, al que en un principio pareció identificar como un regalo caído del cielo. Quien sin embargo no parece haberse enterado del alcance del problema es el propio Nicolás Maduro, al que las responsabilidades en que le instaló el régimen de su país (se insiste con fundamento que país de adopción puesto que nació en la vecina Colombia) le vienen escandalosamente grandes. Como corresponde a quien no tiene más grados de formación que los otorgados en Cuba por los seminarios castristas de dirigentes revolucionarios para los herederos del Bogotazo.

Tampoco quien le sucedió en la cartera de Exteriores, el tal Elías Jaua, es un dechado de capacidades gestoras por el rango y nivel de la formación alcanzada en los grados superiores de la Enseñanza de su patria bolivariana. Me dicen venezolanos que saben de la materia que Jaua probó muchas de las carreras universitarias, pero sin pasar en ninguna de ellas del primero de los cursos; acumulando los ingredientes de su acervo cultural en las tertulias y las intrigas de sus conmilitones en los quehaceres de la subversión hemisférica del castrismo. De todos modos, pese a lo muy corto de sus respectivos bagajes, es de entender que a estas alturas tanto el presidente proclamado como su flamante encargado de los asuntos exteriores de Venezuela, tienen muy interiorizado a estas horas, que la idea de traerse a Caracas al desertor de la CIA se correspondió bastante menos a la realidad de las cosas razonablemente asequibles que a la propia de los sueños de una noche de verano.

Ya se estarán cruzando apuestas doble o triple contra sencillo a que Snowden nunca llegará Venezuela ni a ningún otro país miembro de la orquesta chavista. Por muy inmaduro que esté Nicolás no cometerá la locura de traérselo a Caracas. Este asunto del espía podría ser, por encima de otras muchas cosas, el catalizador brutal de las obvias y reiteradas incapacidades presidenciales.