Nelson Mandela

Antes quizá de que esta nota aparezca en la red, la liberada dinámica de la extinción biológica – probablemente por consenso de sus familiares en que cesara la asistencia clínica que le mantenía artificialmente con vida – habrá instalado la figura de Nelson Mandela en el merecido recuerdo de excelencia donde refulgen los grandes hombres censables del Siglo XX. A sus 94 años de edad, este príncipe perteneciente a la etnia de los Xhosa, pues era hijo de uno de sus reyezuelos, ya es, muerto o vivo, una luz mítica en la cultura política de los derechos humanos. Un astro en la noche de la memoria viva donde brillan héroes y mártires en la evolución histórica hacia la dignidad plenaria de la Humanidad. Especialmente en las instituciones creadas para la política por las generaciones sucesivas de los hombres.

A mi modesto parecer, la estela dejada para el recuerdo y reconocimiento de las gentes de ahora y de las que vengan a lo largo de esta centuria, es superior todavía a la de Mathama Gandhi dentro del discurso moral de la no violencia. Su reclusión de 27 años – equivalente cronológica de una condena a cadena perpetua – anclada en la inclemencia oceánica y abalconada hacia el mundo antártico, fue incapaz de sembrarle el rencor para que en su corazón creciera la venganza como en la sabana africana crece con las acacias el árbol de las marulas que alimenta la memoria colosal de los elefantes. En este específico sentido, Mandela es ya un gigante del olvido como virtud nutricia de la evolución creadora y ascendente del género humano. Desde una concreta y específica apreciación para el análisis político, cabría decir que sin el concurso de su heroica ecuanimidad, antes de su presidencia, durante y después de ella, no hubiera sido posible la transición política surafricana.

Eran muchas a cicatrizar las heridas causadas por el Apartheid, e ingentes las cantidades de bálsamo a verter sobre el recuerdo de qué fueron las arbitrariedades establecidas en ese geográfico vértice africano, en el que la discriminación activa a favor de las minorías blancas no data del establecimiento del Apartheid por el Partido Nacional cuando acababa la década de los años 60 de la pasada centuria, sino que procedía de las prácticas de discriminación establecidas por la Administración colonial británica tras de la victoria de su Imperio en la Guerra de los Boers. Lo que hizo al llegar al Poder el Partido Nacional, heredero político de éstos fue, esencialmente, articular en una unidad de sistema, organizativa y política, todas esas precedentes normas, inconexas y dispersas. Aquella rearticulación de las prácticas racistas dentro de una sola unidad de propósito, en que consistió el Apartheid contra el que bregó políticamente Nelson Mandela, fue un proceso que dispuso como principio fundente, de integración antropológica y prácticamente religiosa, derivado del calvinismo que en el XVII originó el exilio de los hugonotes europeos y al propio tiempo vertebró el protestantismo anglicano. A todo ello habría que añadir la variante norteamericana de esa constante calvinista – inseparable de la moral capitalista, según los análisis de Werner Sombart – que, a su vez, ha estado en la propia base de la discriminación racial estadounidense, tan eficazmente mermada desde Martin Lutero King.

Hay mucho sobre lo que volver sobre la humanización de la política en el pasado siglo XX desde el ejemplo y la estela de Nelson Mandela, que nunca se acabará de ir del presente y del recuerdo de todos. Son muchas las maneras y las razones de reclamar la memoria histórica.