Maduro, en el alero

Tan oscuro y sombrío o más que el reinado de Don Vitiza se presenta la presidencia venezolana de Nicolás Maduro Moros, por más cosas que crisis galopante de la economía que atraviesa su país de adopción, cuna de Simón Bolívar, tan pródigo en riquezas naturales y capacidad de futuro; recursos ahora dilapidados por el chavismo que pretende continuar catapultado por el pucherazo del 14 de abril.

Así atestiguan ahora en un informe de 28 páginas los observadores del Instituto de Altos Estudios Europeos, pertenecientes a la misión internacional que visitó el país entre el 13 y el 22 de ese mes. Informe elaborado tras rechazar el “pacto de confidencialidad” que pretendía imponer el Consejo Nacional Electoral. Explayado está ahí de qué manera el proceso electoral de las presidenciales estuvo viciado de nulidad por infracciones constitucionales cometidas para imponer la candidatura de Nicolás Maduro. Infracciones a las que hay que añadir y destacar el quebrantamiento del precepto de la Carta Magna que establece el requisito de ser venezolano de nacimiento para optar a la presidencia de Venezuela.

Lejos de haber compartido cuna nacional con Simón Bolívar, Nicolás Maduro Moros, como su madre, nació en el enclave colombiano de Cúcuta, cerca de la frontera venezolana, donde tuvo su primera ocupación como ayudante de conductor de autobuses, menester en el que progresaría hasta ser conductor titular en la conducción de este medio de transporte colectivo. Después, merced a la taumaturgia del chavismo y de la instrucción complementaria obtenida en Cuba – probablemente en seminario semejante al que modeló para la política marxista al boliviano Evo Morales -, Nicolás Maduro maduró para cometidos y menesteres que le llevarían un día hasta la cartera de Asuntos Exteriores en los Gobiernos del extinto Hugo Chávez y luego a conduce ir el Estado. Su destino quedó muy pronto decididamente claro. Disponía de la formación profesional más idónea que cabía esperar para atender el actual tinglado populista en América del Sur. Un programa hemisférico para el reciclaje político de todo el marxismo residual procedente de los tiempos de la Guerra Fría y su pleamar de las guerrillas iberoamericanas.

Lo de Nicolás Maduro – aunque por su colorido personal pudiera parecerlo – no tendría nada de episodio aislado y de anécdota del todo novelable a la manera del colombiano García Márquez: su velado compatriota y compadre en castrocubanerías. En absoluto. Su designación por Hugo Chávez como sucesor a título de presidente de Venezuela, por ello mismo, tampoco fue otro rasgo de folclore local en la fronda política iberoamericana. Maduro es una apuesta sistémica dentro del antedicho enunciado. Es el hombre para rematar la labor castrocubana en que se involucró “ad nauseam” el difunto Chávez Frías.

Pero vista la película, puesta sobre el tapete con la Constitución de allí en la mano, la imposibilidad venezolana de que sea presidente de la República un venezolano que no haya nacido en Venezuela sino en la colombiana Cúcuta, se ha aflorado un impedimento indiscutible, dirimente, para que Maduro siga donde está. Es un óbice de principio. Un reparo de tanta contundencia que reduce poco menos que a una trivialidad el propio pucherazo cometido en las urnas del 14 de abril. La cuestión ahora es la de ver y saber quien le pone el cascabel al gato. Cómo se da fin a esa inconstitucionalidad antes de que en las elecciones municipales de dentro de unos meses aporten la ocasión de que la dictadura de fondo vuelva a secuestrar la democracia.