El poliedro del informático Snowden

Debajo de la advertencia de EE UU a Rusia de los efectos (incuestionablemente negativos) para el caso de que dejara escapar a Edward Snowden del espacio ruso en que se encuentra, como ave de paso no afectada por cuestiones de fronteras y de cuanto se deriva de éstas en todo lo concerniente a derechos de extradición para demandarla y obligaciones de entregarlo en el caso de que esos derechos existan realmente, conforme a los supuestos que se plantean en la dinámica de las relaciones internacionales; desde las consideraciones que resulta oportuno hacer tras haberse posado tan conflictivo pájaro en uno de los aeropuertos de Moscú, al cabo de un vuelo iniciado en Hong Kong, originando con ello mismo implicaciones de mayor cuantía y responsabilidad para las autoridades de Pekín, además de estimar en la correspondiente medida la presteza y agilidad del personaje para calcular y ejecutar cada uno de los movimientos del que fue colaborador del supremo organismo norteamericano en la gestión de las tareas de espionaje de todo tipo y materias, y mientras sobre las pantallas en que aparecen las derivadas que de todo ello resulta, se acumulan las preguntas y se cruzan las apuestas sobre cuál será el rumbo que vaya a seguir, si es que lo hace, y sobre el momento en que reemprenda el vuelo, sin saberse tampoco si éste será de una sola o de varias singladuras con destino a un refugio cuya existencia se ignora si existe o no; debajo de todo ello, digo, se encuentra instalado el poliédrico conjunto de cuestiones planteado por esta aventura propia de un relato de ficción sobre el mundo de los Servicios Secretos en un escenario de actualidad donde se cruzan los tiempos de la Guerra Fría y los propios de una época de globalizaciones de todo orden, desde las económicas y financieras a las interdependencias y adscripciones a foros y organizaciones de toda naturaleza entre las partes involucradas en este único y diabólico lío.

Si la zarabanda organizada por Juliane Assange con su Wikileaks lleva un año de atasco por la concesión ecuatoriana del asilo diplomático al difusor de lo filtrado por el soldado estadounidense que libró los papeles desde el secreto de Estado en que yacían, cuyo procesamiento ha comenzado ya en su patria, este otro lío se resuelve en la apertura de líneas de alta tensión política entre Washington y Moscú porque los rusos, más allá de no estar dispuestos a colaborar, se aventuran a definir su rescatado estado de ánimo nacional para afrontar riesgos de toda cuantía en su relación con la primera potencia mundial, tras de haber reajustado sus magnitudes militares de implantación global, menos por tierra que por mar y por aire.

Mientras que en lo que concierne a China, la cosa se muestra con caracteres de sonrojo si se tiene en cuenta que sólo unos días antes de que Snowden prendiera fuego a la traca, Obama habíase quejado en California al máximo dirigente chino de las agresiones y “hakerizaciones” sufridas por la industria militar norteamericana junto a otros medios de importancia crítica para su seguridad nacional.

Junto a todo lo precedentemente considerado merece asimismo específica atención a lo ahora revelado por el ex agente de la CIA sobre lo compartido, entre Washington y Londres, del botín informático “erga omnes” obtenido durante los últimos años: al menos desde 2009. Ello ilustra sobre el cómo y sobre el cuánto al que llega la “especial relación” que cementa la identidad angloamericana.

Y por si algo faltara, no cabe perder de vista el hecho de que el fugitivo lleva consigo algo más que el Tesoro de Ali Baba con las claves de acceso a ese almacenaje crítico de información sobre la trastienda del mundo. Sobran razones para que se le quiera cazar o silenciar, posiblemente a cualquier precio.