Snowden, asunto de mayor cuantía

El punto de interés más alto en la actualidad política internacional no es la recurrible condena de Silvio Berlusconi a siete años de prisión e inhabilitación perpetua por el llamado “caso Ruby”, un escándalo en materia de corrupción de menores, sino el caso de Edward Snowden, el analista informático subcontratado por la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), que ha desvelado reiteradamente los programas de vigilancia masiva del Gobierno norteamericano; programas que aparentemente fueron utilizados en alguna ocasión por un Gobierno (laborista) británico, como ya conocen nuestros lectores. Y es más propio decir ahora que la jerarquía temática de este asunto asciende conforme pasan las horas.

Más allá de la opinión que merezcan las prácticas masivas de espionaje por el tándem angloamericano, cosa que supone un escándalo supermayúsculo menos por haber afectado indistintamente, metiéndolos en un mismo saco, a enemigos/adversarios que a los propios aliados – siempre que éstos no hubieran sido advertidos qué se hacía – y de los positivos rendimientos del sistema utilizado en la prevención de atentados y otras prácticas terroristas, lo incuestionable es que la trasgresión de las reglas de confidencialidad y secreto por parte del subcontratado sobre la labor en que estaba concernido, implica responsabilidades gravísimas. El daño inferido a los intereses nacionales norteamericanos es de tan enorme calado que no cabe excluir ningún escalón ni peldaño en la escala de los castigos posibles para Snowden. Ni tampoco el que no se repare en medios para capturarlo y procesarlo en su país y que al juzgarlo se le pudiera aplicar la pena capital, tanto por la traición misma como por la magnitud de los daños inferidos a la seguridad de su país y la de los aliados de éste.

En cualquier caso, la tensión diplomática generada entre el Gobierno estadounidense y sus interlocutores internacionales, muy especialmente, entre éstos, aquellos que como chinos y rusos tienen algo más que sólo un debate o una polémica a propósito del espionaje, conforma un cuadro sin precedentes, tanto por la importancia intrínseca de la cuestión como por la amplitud y naturaleza de las injerencias practicadas en el en el ámbito de los respectivos ámbitos de seguridad y confidencialidad de las materias. Especialmente en lo que toca al interlocutor chino, al que Washington había denunciado por comportamientos iguales o parecidos a los desvelados por Snowden, a quien Washington estará ahora intentado cazar por todos los medios posibles.

Hasta cierto punto el alcance del daño inferido al sistema de seguridad antiterrorista de Estados Unidos sólo sería parangonable en términos cualitativos a lo que en términos cuantitativos supuso el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington. Aunque aquello tuvo su origen en un ataque – terrorista – exterior, éste trae su origen de una defección interna que será probablemente especificada y considerada como traición por el tribunal que lo juzgue, si es que le echan el guante. Eventualidad sobre la que ya se estarán cruzando apuestas. Mala ocurrencia la del joven Snowden, al que no es arriesgado decir que no lo salva ni la caridad.