Una ventaja estratégica rusa

No me refiero a la ventaja estratégica militar, sino a la ventaja estratégica política: el margen de la mayor capacidad de maniobra que se deriva de la más dilatada, superior, permanencia en el poder de los dirigentes rusos respecto de los presidentes norteamericanos, cuyos mandatos quedaron reducidos a sólo dos periodos después de Franklin Delano Roosevelt. La continuidad bicefálica (Vladimir Putin/Dimitri Medvédev) con turno alternante de dos en dos legislaturas para la jefatura del Estado y la condición de Primer ministro del Gobierno, permite una dilatada maduración de perspectiva y de profundización en el conocimiento de los principales asuntos del Estado y de todo orden de cuestiones de alcance nacional e internacional. Principalmente en lo que toca a las cuestiones de la defensa.

Ahí hay que mirar en estas horas, cuando el viceprimer ministro Dimitri Rogozin, en el conjunto de declaraciones rusas de rechazo a la propuesta de desarme nuclear hecha en Berlín por el presidente Obama, en tanto la Casa Blanca mantenga su programa de desarrollo de un escudo de defensa antimisiles, ha llegado a decir que el presidente norteamericano “o miente” o “evidencia una profunda falta de profesionalidad”; queriendo significar con ello una supuesta o probable incompatibilidad entre aquello que se propone y el desarrollo de una tercera opción destinada a neutralizar el nivel de poder que se le reconoce a la otra parte contratante en el pacto sobre potencial nuclear estratégico.

De alguna manera, este desliz del presidente norteamericano – pues no deja de tener fundamento lógico el argumento ruso – hace recordar de algún modo el que Obama tuvo en su mensaje al mundo islámico, cuando visitó por primera vez Egipto, sobre las cronologías coránicas, bailando fechas conocidas de todos. Fue aquello un síndrome de bisoñez, de inmaduro instinto, aparte de una prueba de incompetencia palmaria del equipo de asesores de la Casa Blanca que le preparó aquel discurso. O dicho de otra manera, cuestión de escaso rodaje y de poco oficio.

En un primer mandato al frente de una gran potencia siempre cabe la posibilidad de un patinazo que será proporcional al tamaño del poder desde el que se comete, puesta circunstancia misma multiplica la atención con que el mundo sigue aquello que dicen o hacen los poderosos de mayor cuantía. Cierto es que los problemas internacionales crecen tanto en complejidad como numéricamente: pero, por ello mismo, se echan de menos rangos muy cualificados de experiencia, capaces de madurar el instinto político de quienes manejan los grandes imperios.

Tampoco al presidente Roosevelt – es un suponer – se le habría escapado, de no estar enfermo como lo estuvo en la parte final de su tercer mandato, un gazapo como este que le han criado en la granja del Pentágono al presidente Obama, a propósito del desarme nuclear y del progreso simultáneo del escudo antimisiles. Stalin, que no era ciertamente un novato en las astucias y en las argucias del poder supo llevarlo, en Yalta y en Postdam, a más de una ratonera.