Control de comunicaciones, el tema de los temas

En términos de actualidad, al aire de la visita del presidente Obama a Berlín (algo con asomos de remedo de aquella otra que hiciera el presidente Kennedy, en tiempos de la Alemania dividida y su capital cuarteada), no ha sido lo de más relieve el componente de retrospectiva histórica sobre aquel momento álgido de la Guerra Fría Es el peso de la cuestión de la privacidad de las comunicaciones dentro de las tecnologías actuales en contraposición a la de la seguridad colectiva que se persigue – específicamente – frente al terrorismo mediante la intromisión en el proceso de comunicación privado entre los interlocutores. Es la privacidad aquello que se viola, independientemente del motivo o causa en cuya virtud se ocasiona la interferencia.

Después de lo que fue el 11-S de 2001 en Estados Unidos y luego de lo que ocurrió en España el 11-M de 2004, , como no podía ser de otra manera, el precio de la seguridad antiterrorista más que dispararse hasta las nubes ha penetrado hasta la profundidad de las comunicaciones más íntimas y confidenciales. Nunca pudieron llegar a tanto los peligros de la inseguridad y los daños masivos. Y por lo mismo, jamás cupo pensar que los Estados pudieran inmiscuirse tan masivamente en el tráfico de las comunicaciones personales mediante las tecnologías informáticas actuales.

Obama ha puesto sobre el tapete, en Berlín, el argumento definitivo para la defensa de estas injerencias de los Estados en las interrelaciones privadas dentro este tipo de comunicación. Aunque, paradójicamente, tengan más arrastre y generen más aceptación y convencimiento las cifras referentes al número de víctimas de los atentados terroristas que no se pudieron evitar que estas otras, reveladas por el presidente norteamericano sobre la cantidad de atentados de esta naturaleza que han podido evitarse merced a este género de prácticas en que suelen, por lo que se sabe ahora, tras de las revelaciones de Edward Snowden, los servicios de Inteligencia norteamericanos; y en otro orden de cuestiones, según la misma fuente , los servicios británicos con los huéspedes de algún Gobierno suyo.

Y esto último sí es harina de otro costal. Pues no hay razón, motivo o base moral para justificar la tropelía. No tiene ello otro nombre que piratería diplomática y deslealtad sistémica con la moral y la ética que rigen las pautas y modos de proceder entre los Estados en tiempos de paz. Eso es trilerismo internacional, a cuyo lado la piratería y el filibusterismo es juego de caballeros, cortesía de salón y código de señores. El contraste entre ambos contenidos de las filtraciones de Snowden trae luz que ilumina la otra cara de este grave asunto de la vulnerabilidad de las conversaciones desde las capacidades que ofrecen las nuevas capacidades de acceso a las conversaciones de la gente, tanto las de contenido público como las del ámbito privado. Lo que hizo el Gobierno británico de Gordon Brown en 2009 con sus huéspedes del G-20, fisgando en sus conversaciones, fue tanto como una práctica que más allá de lesionar la privacidad, resultó objetivamente hostil y violadora tanto de las reglas de la paz como de las leyes de la guerra. El asunto traerá cola, por lo que se ha sabido de las reacciones oficiales de los Gobiernos de Rusia, Turquía y África del Sur.