Damasco, a las puertas del G-8

Elaboran y proponen las cancillerías los papeles para la agenda de las reuniones internacionales, a nivel de G-8 o G-20, y el Destino dispone. En este caso, para la reunión de los congregados en Irlanda del Norte, que ayer comenzó y hoy acaba tras del almuerzo con el aperitivo servido por The Guardian desde el “catering” de Edgar Snowden.

Este empleado de la CIA que reveló la intromisión informática de la Inteligencia norteamericana en el tejido ajeno de las redes sociales, ha desvelado ahora el fisgoneo en 2009, por el Gobierno laborista de Gordon Brown en las comunicaciones internas de los Gobiernos invitados. La primicia informativa no ha estado mal para ir haciendo boca. Pero ha sido el inesperado resultado de las elecciones iraníes habidas este fin de semana lo que se ha introducido en régimen de tema añadido al calendario y a la agenda de la reunión (además del problema del terrorismo, el tema de la evasión fiscal y el debate de la liberalización comercial entre la Unión Europea y Estados Unidos), con el asunto de las ayudas internacionales recibidas por el régimen sirio de Bashar el Asad. Cuyas fuentes principales son Rusia y la República Islámica de Irán.

Un Irán presumiblemente menos hermético resultante de estas elecciones invita a considerar si rebajará su nivel de implicación con Damasco; pero esta es la hora en que no se ha desmentido aún la noticia de que se dispone a enviarle a El Asad un cuerpo expedicionario, de varios centenares de combatientes de ese segundo Ejército iraní que forman los Guardianes de la Revolución. Lo cual implica que el proyecto norteamericano de suministrar armamento a los rebeldes tendría razones añadidas para seguir adelante, lo mismo que la mayoritaria decisión de los Gobiernos europeos de la UE de hacer lo propio, aunque no antes del mes de agosto reservando así cierto margen a la diplomacia para que consiga una salida negociada al conflicto que desangra a la nación siria. Tampoco la Rusia de Vladimir Putin ha cambiado de piñón en su pedaleo político en apoyo del régimen de Damasco, primordialmente estribado en el suministro de unos misiles susceptibles de alterar equilibrios de fuerzas en la región que afectarían directamente a la seguridad de Israel, en la propia medida que pudieran llegar parte de tales misiles a manos de Hezbolá: la milicia armada libanesa adscrita al chiísmo, correligionaria de los iraníes mayoritariamente gobernantes en la República islámica, y que en la práctica, como riesgo, significaría para los judíos tanto como una Persia de cercanías…

Así las cosas, los reunidos en ese idílico espacio norirlandés a resguardo de manifestantes – representantes de Francia, Alemania, Italia, Reino Unido, USA, Canadá, Rusia y Japón – habrán tenido que hacerle algo más que un hueco en la agenda a la cuestión de Siria por causa del cambio de escenario electoral habido en Irán. Dicen que los persas fueron los inventores del ajedrez: conviene recordarlo para mejor identificar la complejidad de la partida geopolítica que se está jugando en Oriente Medio; algo a lo que hay que añadir el peso de la presencia de Moscú en ese mismo juego, donde los rusos llevan hecho tanto camino, como todo el mundo sabe, por ese invento atribuido a los persas.

La coyuntura o “estructura del momento”, que gustaba decir un maestro de periodismo, habrá prevalecido sobre el peso de las estructuras temáticas que figuraban en la agenda de esta sesión del G-8: el terrorismo, la evasión fiscal y la liberalización del comercio atlántico entre la Unión Europea y Estados Unidos. En ocasiones como esta es casi imposible arbitrar la preferencia entre lo importante y lo urgente. El del G-8 de ahora, por tanto, todo un debate junto a las puertas de Damasco…