Tensión global en Oriente Próximo

Mientras la Conferencia en Ginebra sobre el conflicto de Siria, programada conjuntamente por Estados Unidos y Rusia, corre peligro de naufragar antes de haber sido echada al agua, la ayuda rusa en armamento de última generación (los misiles S-300) al régimen de Bashar al Asad – que en teoría equilibraría la que reciben de otros árabes los sublevados contra Damasco -, supone una profunda alteración del estatus quo geoestratégico en la zona, porque altera cualitativamente la seguridad de Israel.

Y lo hace en dos distintos planos de riesgo: por la posible transferencia de este armamento a la instalación de Hezbolá en Líbano y, asimismo, por la eventual transferencia de esa misma cohetería a la República Islámica de Irán. El rango de probabilidad de que ese doble traspaso se operase llega ilustrado por el hecho de que Irán y Hezbolá están aportando apoyos, aparentemente decisivos, a las tropas de Al Asad, incursas ahora en un despliegue ofensivo y destructor sobre Al Quasir.

La llegada a Siria de la primera remesa de misiles rusos, cabe interpretar, ha alterado muy sensiblemente las expectativas, incluso la propia viabilidad, de la conferencia de Ginebra convenida por el ministro de Asuntos Exteriores y el secretario de Estado norteamericano, en el curso de la reciente visita de éste a Moscú. El impacto de este envío, cabe decir, tiene alcances sistémicos en la estructura de tensiones presentes en los Orientes Próximo y Medio. Pues si de una parte altera el equilibrio de fuerzas en el Mediterráneo oriental, al afectar de modo tan directo a la seguridad de Israel, de otra parte modifica el propio enunciado del problema – nuclear en doble sentido – de la República Islámica de Irán: por razón de su programa con la energía atómica y por causa de su definición de manifestada incompatibilidad existencial con el Estado de Israel.

Reflejo elocuente de esta nueva situación ha sido la convocatoria de hace pocas horas por parte del Gobierno israelí a todos los embajadores de la Unión Europea en Jerusalén para exponerles, por boca de su asesor principal de Seguridad Nacional, Yaakov Amidror, general en la reserva, sobre la probabilidad de un ataque judío contra el dispositivo misilístico enviado por Rusia a Siria. El nivel de probabilidad de que una cosa de tal gravedad suceda viene ilustrado tanto por la desenvoltura mostrada por Israel en sus dos ataques aéreos del pasado abril contra dos remesas de armamento enviadas por Irán a Hezbolá, como por el hecho de que – según habría explicado el general Amidrov a los embajadores europeos – en pocos meses habrían conseguido los militares sirios hacerse con el manejo operativo de los S-300 que ya han llegado a sus manos, y que por su alcance harían sustancialmente vulnerable las defensas militares israelíes.

Cabe entender, habida cuenta la dicha vulnerabilidad que sobrevendría para Israel cuando tales misiles fueran manejables para los sirios, que el Gobierno de Netanyahu asumiría la responsabilidad de bombardear los cohetes rusos. Al fondo de tales cálculos de los distintos riesgos – por adelantarse a su empleo por parte israelí, o por esperar a que los sirios los disparen cuando sepan manejarlos o quieran transferirlos a Irán -, lo que se ha comenzado a definir sobre en Oriente Próximo y Medio es el espectro de otra guerra entre Israel y unos árabes como efecto colateral de otra guerra de árabes entre sí. Efecto último ésta de aquella primavera árabe que empezó con la revolución tunecina. Es de carácter global la tensión sobrevenida en Oriente Próximo.