Terrorismo y ajedrez

Acertamos quienes dijimos qué había debajo de los dos atentados terroristas contra soldados en Londres y París: recluta y activación yihadista de jóvenes de cultura musulmana procedentes de la emigración afroasiática radicada en las grandes urbes europeas.

La detención en un suburbio de la capital francesa del joven que días atrás atacó a un soldado francés en un intercambiador del Metro, ha permitido saber, por confesión del agresor, que son “cientos” los jóvenes musulmanes, en el caso francés, que se encuentran laboreados por la catequesis terrorista de islámicos radicales, que se aplican a ese proselitismo del sectarismo violento y de bajo y asequible coste: una navaja, un cuchillo de cocina o un machete…

Posiblemente, lo que se pretenda por los diseñadores de esta estrategia nueva para el terrorismo urbano sea tanto la efusión de sangre de soldados como la patentización de que existe un acoso difuso y profuso de violencia islámica centrada sobre la tropa enviada a los escenarios donde las redes de Al Qaeda resisten o se extienden, sea por Afganistán o, en África, por los vacíos del Sahel, desde el Índico somalí y keniano hasta el Atlántico y sus aledaños por Mauritania, Níger, Mali y la propia Nigeria.

Existe una correspondencia cierta entre los escenarios geográficos y las campañas militares correspondientes, de una parte, y este nuevo género de pulsión terrorista que ahora empieza a aflorar, como expresan estos dos consecutivos apuñalamientos a la tropa europea. Potencialmente, como ha manifestado el recién detenido por la gendarmería francesa, son numerosos los jóvenes intoxicados por Imanes y otros agitadores de los involucrados en el salafismo los que podrían actuar. Son los crecidos y multiplicados con la semilla fanática de Osama Ben Laden y su lugarteniente, el egipcio Anwar el Zawahiri.

No acaba ahí, sin embargo, dentro de este terrorismo al por menor en las capitales de Europa, la difusión promiscua de escenarios por parte del activismo yihadista en Europa y sus entornos. Se la encuentra en otros escenarios relativamente insospechados. Estuvieron los Alqaedanos en la guerra civil libia y están ahora, trufando la rebelión siria contra el régimen de Al Asad. Algo que complica exponencialmente el conflicto que arrastra el régimen de Damasco y que ya no sólo se ha llevado 80.000 vidas por delante, sino que además ha convertido el problema en algo mucho más complejo, al involucrarse el conflicto en la geopolítica partida de ajedrez que juega Rusia por el Mediterráneo oriental, al enviar a Damasco misiles antiaéreos S-300 para que Siria pueda dificultar a Israel sus operaciones aéreas contra los suministros iraníes de material militar a las fuerzas de Al Asad y, también, contra los apoyos de Hezbolá a sus correligionarios chiíes del régimen de Damasco.

Pero ocurre que esta partida de ajedrez que se juega en Siria se ha venido a extravasar, colateralmente, sobre el espacio libanés, donde chiíes y suníes se intercambian algo más que salvas de saludo. El riesgo de que el conflicto sirio, por vía de la involucración en el mismo de las milicias de Hezbolá contagie plenariamente al Estado libanés, es una probabilidad y un riesgo nada teóricos. De ahí que el referido envío de misiles S-300 por parte de Moscú a Damasco tenga una inquietante relevancia, en tanto que puede abundar en la internacionalización del conflicto ya comenzada, como acabo de señalar. La observación de García-Margallo, calificando tal suministro de armas de “señal equivocada”, tiene de todo menos de impertinente.