La “traición al Islam”, según Cameron

La muerte a machetazos de un supuesto militar por dos islamistas al parecer nigerianos, ocurrida en plena calle la tarde del miércoles, en el barrio londinense de Woolwich y en circunstancias inéditas hasta ahora dentro de un escenario europeo – aunque de formas repetidas, casi tópicas, por escenarios asiáticos y africanos de cultura musulmana-; ese episodio de brutalidad insuperable, configura una novedad en este tiempo de “yihad”, de guerra santa, practicada por el fanatismo mahometano. Una novedad que tendrá de todo menos de sorpresa. Hay en ello de todo menos de imprevisto.

Se trata de algo que se veía venir desde los atentados terroristas de Londres, en julio de 2005, y posteriormente en el sur de Francia en marzo de 2012. En el primer caso, perpetrados por musulmanes nacidos en el Reino Unido de padres paquistaníes (que días después fracasaron en otra serie igual de atentados al activarse sólo los detonadores pero no las cargas que habrían de estallar), y en el otro de 2012, protagonizado por un argelino naturalizado francés, ocurrido en Toulouse. El sujeto dio muerte a tres militares, tres niños y un profesor de un colegio judío.

En ambos casos, al igual que en el devastador precedente del 11-M en Madrid, el terrorismo islámico estuvo ejecutado por terroristas de diverso grado de naturalización en los respectivos ámbitos nacionales que lo padecieron. Aunque deba hacerse la salvedad sobre la duda de que en el caso español pudiera haber concurrido un factor de complicidad por parte del terrorismo etarra o algún otro tercer factor: en el plano logístico, para la autoría material, o en ambos a la vez.

La calificación por el Premier británico David Cameron del último suceso terrorista de Londres como “una traición al Islam” tiene lo suyo de finta escapista y retórica, porque la cuestión de fondo no es esa. De ninguna de las maneras. El problema estriba en la bomba sobre la que están: ese nivel de permeación musulmana que caracteriza el fenómeno migratorio en el mundo europeo occidental como consecuencia del aluvión demográfico originado por la llegada masiva de musulmanes desde el final de la Guerra Mundial, tanto en términos de mano de obra por la expansión económica de Europa como por el coadyuvante efecto de la descolonización en Asia y África, durante ese mismo tiempo, impulsada por la presión conjunta de Estados Unidos y de la extinta Unión Soviética.

Rusia, sucesora de ésta, lleva también su parte de problemáticos coránicos dentro de sus propias fronteras con el problema de Chechenia y otros espacios caucásicos. Y, mientras tanto, también China tiene que vérselas dentro de sus límites territoriales con la cuestión de los igures y otras etnias adictas al Profeta que llevan siglos enriqueciendo su diversidad y sus riesgos.

Contra lo que Cameron ha dicho no hay un Islam al que se pueda “traicionar” por ciertos de sus seguidores. Son muchos, distintos y muchas veces opuestos. Crujidos como están de corrientes y de sectas. No existe tampoco, por todo ello, una unidad de referencia a la que acogerse sus seguidores, para orientarse en temas cardinales como la libertad o la violencia… Por eso todo resulta tantas veces en un precipitado de confusión, que se agiganta cuando se insiste en integrar en una misma ley la religión y la política mediante el imperio de la Sharia.