Evolución crítica en Oriente Próximo

Alguien dijo que lo peor de la violencia es cuando, por su reiteración variablemente sostenida, acaba deteriorándose la percepción y la conciencia de ella. Tal sería el caso de la que se desarrolla en la guerra civil de Siria, incluso a pesar de su propio crecimiento en intensidad e innovación de sus crueldades. Pero además ocurre en este escenario del Oriente Próximo que el crecimiento de la insensibilidad sobreviene cuando, junto al escenario sirio, se profundiza y diversifica la violencia en otros escenarios de la región como el de Egipto, donde el “yihadismo” o violencia terrorista islámica, se expande con sus hostigamientos armados contra el Estado. Que ahora, en el país del Nilo, se encuentra gobernado (¿) por mayorías islámicas vencedoras en las urnas salidas de la revolución democratizante: embate que derrocó a la autocracia laica de base se diría que laica. Vigente allí durante más de 40 años.

Esa pérdida de conciencia y percepción de sus respectivas realidades, en Siria por unas causas directas que arrancan desde décadas atrás, arrastradas por el régimen alauí de los Asad, y en Egipto, por deriva del irresuelto problema histórico del choque de paradigmas entre la visión coránica del poder, que fue la propia de los califatos, y el soñado arquetipo del Estado, como cristalización y estructura del poder seglar y civil.

Tal oscurecimiento de la visión y pérdida de la sensibilidad por la dicha reiteración de la violencias en que se respectivamente se expresan uno y otro conflicto, equivale tanto como a un problema de eclipse de realidades que, en un momento determinado, estallan bajo el escenario en que comparece lo cotidiano. Conforme ha sucedido más de una vez a lo largo de la Historia.

Son éstas, reflexiones obligadas en días como los presentes, cuando en Madrid se han dado cita representantes de las fuerzas que llevan más de dos años haciendo armas, todo género de violencias, contra las fuerzas del régimen sirio. O sea, frente a un poder que tampoco ahorra, en cantidad y calidad, recursos contra sus enemigos. Unos, trenzándose con fibras de yihadismo terrorista de las más diversas especies, además de con liturgias de canibalismo practicadas con el corazón de caídos, mientras que otros se deslizan al empleo de armas químicas, contra los combatientes opuestos y contra la población civil cogida entre los dos fuegos. Sin reparar en economías de sangre tanto una parte como la otra, ni tampoco en cuidado alguno para la gente interpuesta.

Lo más relevante, inmediato, urgente, en esta hora sería, en Oriente Próximo, detener la piedra que rueda cuesta abajo y dejar para un después el momento procesal de contraponer, hasta un consenso mínimo, los argumentos y las razones que puedan o quieran esgrimir las partes en conflicto. En este sentido, el debate de Madrid entre los rebeldes para alcanzar un frente común, habrá que considerarlo como actuación necesaria y previa a lo que en Ginebra pase a discutirse, cuanto antes menos peor, en una conferencia internacional centrada sobre la negociación de Rusia y los integrantes del frente occidental. Aquélla, como abogada y aliada del Gobierno de Damasco; éstos, en el mismo papel con los rebeldes. Y todo, habrá que insistir, en cumplido régimen de urgencia. El embrollo sirio es de complejidad sustancialmente mayor de lo que fue el problema de la guerra civil en Libia. Allí no tenía Rusia los intereses que ahora tiene en Siria. El problema es que no se ve asa alguna para agarrar la cuestión. Pese a lo que se oculta la violencia mientras la guerra siria continua, la diplomacia comparece con tanta necesidad como impotencia.