Merkel, atascada en el piñón fijo

Poco menos que otro cisma de Occidente. Le embestida del Bundesbank contra la flexión de la Reserva Federal norteamericana y la japonesa, además de, directamente, contra la decisión del Banco Central Europeo (BCE) de rebajar el tipo de interés en el último de sus Consejos, define una disidencia frontal con el resto de los demás componentes económicos de Occidente. La estabilidad como principio exento de toda modulación, y el poco menos que desprecio de las mejoras contra la recesión en la economía estadounidense, además del final de una década de letal estancamiento en el caso del sistema económico de Japón, expresan tanto como una sordera sistémica a la demanda en la Eurozona, por parte del “eje” de presiones formado principalmente por Francia, España e Italia, para que se suavice el gobierno de la estabilidad. A la que, de otro punto, nadie ha renunciado hasta ahora en el camino de la consolidación del Euro.

El golpe sobre la mesa dado por el Gobierno de la canciller Merkel por vía del gobernador del Bundesbank, tras de la nueva rebaja del BCE en el precio del dinero, es algo que traduce tanto como una colisión frontal de paradigmas más que monetarios en el seno del conjunto de los espacios economías formadas por los tres mundos políticos “occidentales”.

Luego de reparar en el hecho de que el arranque de la segunda gran deflagración bélica estuvo situado en el colapso de la Gran Depresión económica norteamericana – cuyos efectos se fueron traduciendo en guerra comercial y colisiones políticas e ideológicas -, mirando hacia atrás, con preocupación y casi con ira, cabe advertir la inquietante semejanza existente ahora entre la Unión Europea y aquella situación de la economía norteamericana en la crisis de 1927, encallada en los rígidos postulados del monetarismo prekeynesianos.

Sólo la política de gasto en grandes obras públicas del presidente Franklin Delano Roosevelt hizo posible la remoción del cuadro depresivo aquel, con el principio de lucha contra el paro; aunque fuera finalmente la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial lo que permitió la salida de la crisis a la economía norteamericana, con el lanzamiento a gran escala de su industria bélica con su explosión de actividad y crecimiento exponencial del empleo.

Pero dejado en su correspondiente quicio histórico aquello que ocurrió desde el error político de diagnóstico que cometió una Administración republicana en la Casa Blanca, conviene reparar en la actualísima novedad del referido doble choque entre la política económica diríamos que compartida entre Estados Unidos y Japón con la Eurozona, de una parte, y por otra, con el enfrentamiento de la política merkeliana y sus adláteres en la teología anti-inflacionaria, con los europeos del sur embolsados en un paro que no deja de crecer, sobre todo entre los españoles.

La histeria alemana contra la inflación, como si todavía estuviera saliendo de la República de Weimar, es una historia que debería ir ajustando y limando sus rigideces argumentales. Una autonomía suficiente para el BCE que gobierna Mario Draghi podría ser la receta adecuada para que todos respiren y acabe la asfixia social en la Unión.