Vomitivo Diplocat

La campaña de agresiva descalificación internacional de España emprendida por el actual gobierno de la Generalidad catalana, especialmente ante la opinión anglosajona, presentándonos como un país “caótico”, es suceso del que es difícil quepa encontrar precedentes. Supuestos así, de tan cumplida agresión a la Nación y al Estado, instrumentada con recursos detraídos de los bolsillos de todos los españoles, incluidos los de los catalanes no separatistas – cuyo número, a buen seguro, rebasa con sobrada amplitud a los que apuestan por la secesión -, son supuestos que resulta muy difícil encontrar, por no decir imposible, en la Europa contemporánea.

Incluida, muy significativamente, la Europa aquella de los pueblos mal agavillados en ese cajón de sastre que fue el Imperio Austro-Húngaro, de cuya descomposición tras de su derrota en la Primera Guerra Mundial, compartida con la del Imperio Otomano, brotó en el Viejo Continente, por el impulso del wilsonismo estadounidense, la floración de los nuevos Estados europeos, lo mismo que en el Próximo y el Medio Oriente lo hizo la de los Estados Árabes.

No es ociosa esta referencia a la genética histórica de los últimos nacionalismos europeos, especialmente en lo que toca al impulso que éstos tuvieron de parte de la potencia norteamericana, que acaudilló la victoria militar en la primera gran contienda europea del Siglo XX. De tal impulso de la ya gran potencia norteamericana, que trajo al paso la creación de la Sociedad de Naciones, resultó el clima mental conjunto de las potencias vencedoras en su alianza y el suelo ideológico sobre el que se construyó la llamada Paz de Versalles. En la que se sembraron las semillas de la Segunda Guerra Mundial.

Pero más allá de las cristalizaciones que esa ideología nueva eyectada por el Washington de entonces, y resuelta documentalmente con Acuerdos y Tratados por las cancillerías, se hicieron otras cosas. Entre ellas, de una parte, el reconocimiento de la Nación Kurda estableciéndose con su propio Estado; Estado que luego se le quitó a los kurdos para adjudicarlo al espacio mesopotámico del actual Iraq, porque al norte de éste, en el Kirkuk gaseado muchos años después con Sarín por Sadam Hussein, se había encontrado petróleo… De otra parte, más allá de los despachos oficiales de los “Felices años Veinte” y un poco después, la sensibilidad nacionalista triunfante en la guerra vino a cuajar ideológicamente en los cafés y los salones de la paz, por el doble discurso de las solemnidades oficiales y de las tertulias de los intelectuales.

En tales tertulias quemó Manuel Azaña las más de sus horas para ampliar estudios que le habían llevado a París. El “sine ira et estudio” se trocó en la ebriedad de la juerga ideológica. Tiempo después y luego del “Pacto de San Sebastián”, ya con la II República establecida, Azaña, a la hora de institucionalizar la Autonomía política catalana, dijo a Barcelona que le enviaran el proyecto de Estatuto que quisieran. La semilla nacionalista anglosajona de Wilson había germinado en la Piel de Toro. Apuntillando muchos después el consenso de la Transición, Zapatero repitió el mismo ofrecimiento, pero antes, en 1984, Felipe González había sentado las precondiciones para el lío con los nacionalistas todos al quitar de en medio el Recurso Previo de Inconstitucionalidad, abriendo con ello paso al limbo de constitucionalidad, en cuya virtud el Parlamento de Barcelona se ha otorgado un Estatuto sin freno ni marcha atrás, pues mientras el TC no resuelva lo recurrido el nacionalismo catalán sigue adelante, con mucha prisa y ninguna pausa. Montándose incluso el Diplocat su propia diplomacia, malversando recursos con gastos en cosas que no sólo van contra Constitución en su último sentido sino contra y sobre las espaldas del contribuyente. O sea que con dineros de todos los españoles se hacen campañas en el extranjero contra el bien común de todos los españoles. Se trata de algo más que prevaricar con los recursos nacionales. Eso es traición pura y simple. En cualquier caso, algo vomitivos.