Guerra de terrorismos en Siria

El atentado infructuoso contra Wael al Halqui, primer ministro sirio, ejecutado mediante coche bomba ayer en pleno centro de Damasco y en el que han muerto ocho personas, se ha venido a producir en medio del debate entre las potencias occidentales sobre el supuesto empleo gubernamental de armas químicas contra los rebeldes, conforme acusan éstos, y de los rebeldes mismos contra las fuerzas gubernamentales, según sostienen los medios oficiales sirios.

En esta situación, la guerra civil en la república siria ha experimentado un salto en su rango de complejidad. Las armas químicas, conceptualmente, constituyen una línea roja, infranqueable, para la política norteamericana, tanto en lo que se refiere al discurso mismo de esa guerra civil como en el análisis que Washington hace de sus propias opciones diplomáticas y militares ante el conjunto del Oriente Próximo y Medio. Se trata de alternativas estratégicas cuya consideración incluye en su trasfondo el dato de que Rusia tiene allí, en Siria, una apuesta sostenida a favor de las posiciones del régimen de los Assad. Y no desde ahora sino como resultado de su suerte de alianza estratégica con Damasco. Un nexo que se remonta en el pasado a los tiempos de la Unión Soviética.

Pues bien, descontado hasta dónde quepa hacer el posicionamiento ruso en el debate de la autonomía de Damasco para enfrentarse a la rebelión con unos u otros recursos militares, el hecho de que, supuestamente, los rebeldes estén empleando también gas sarín estaría, de ser verdad, condicionando el propio discurso occidental sobre las armas químicas en la guerra civil siria. Aunque no sólo eso. Resultaría también que el frente rebelde además de tener y usar el gas sarín, alinea entre sus huestes un componente de yihadismo alqaedano capaz de resolverse en factor de conflicto para el mundo occidental todavía peor que el propio régimen de los Assad.

El embrollo es de mayor cuantía. Si el Gobierno de Bashar el Assad probara una y otra cosa – la significativa presencia de Al Qaeda en las huestes rebeldes y el empleo de gas sarín por parte de éstas – le sería muy complicado a Washington desarrollar punitivamente consecuencias contra Damasco por haber cruzado éste la línea roja que cierra el paso a esas opciones bélicas. El argumento de que un régimen no puede, para defenderse, echar mano del “terrorismo de Estado” que podría significar el recurso de las armas químicas, se vendría abajo en el caso de que los rebeldes no sólo estuvieran también utilizando ese ilegítimo y terrorista recurso, sino que también tendrían entre sus filas cuadros de activistas pertenecientes al yihadismo salido de la matriz de Al Qaeda.

Y en lo que viene a concluir la guerra civil siria, que oficia de epílogo a la gran crónica de la llamada “Primavera Árabe”, es que la remoción de los autoritarios regímenes árabes del norte de África y Asia Menor no ha desembocado propiamente en el advenimiento general de la democracia, sino poco menos que en la conmoción general de los Estados que habrían de sostener en su correspondiente turno la democracia misma. Parece que sobran razones para que Washington, de momento se límite a estar atento a qué es lo que efectivamente pasa en Siria con su eventual guerra de terrorismos.