Reaparición del yihadismo en China

Tras de los graves sucesos étnico-religiosos habidos cuatro años atrás por el suroeste de China, en el espacio colindante con Afganistán y Pakistán, la violencia se ha vuelto a cebar en la región de Xinjiang. Los sucesos, todavía imprecisos, recogen versiones entre las que destaca como balance la muerte de 21 personas, agentes de orden principalmente. Se viene a señalar asimismo la presencia de una mayoría de población Uigur, progresivamente minoritaria en la región luego de haber sido la mayoritaria en ella durante largo tiempo, por la inducida afluencia de la población de etnia Han.

El dato de mutación demográfica, orientada hacia la dilución progresiva de los Igures dentro de las otras etnias en el universo de razas, idiomas y culturas que se aglutinan en el llamado Imperio del Centro, viene impulsado a lo que parece por las autoridades de Pekín para reducir y templar el impacto del islamismo que profesan los Uigures, en cuanto que portadores de la impregnación islámica decantada históricamente entre las poblaciones y los territorios aledaños a la Ruta de la Seda: línea de contacto comercial y cultural entre la China profunda y el Oriente Medio, que fue a su vez la plataforma de proyección del mensaje islámico, tanto hacia el Extremo Oriente como hacia el Asia Menor, el Norte de África y también por el Cáucaso y los Urales.

La dinámica de globalización que preside los tiempos actuales afecta no sólo al comercio sino a toda suerte de intercambios, que como es bien sabido incluyen, con las mercancías, las ideologías de toda condición, especialmente las religiosas. Siendo las de más rápida penetración y circulación las que lo hacen a través de medios culturales en que se combinan los más bajos niveles de instrucción con los rangos de pobreza históricamente más sostenidos.

A través de procesos muy diferenciados, viene a ocurrir ahora en China algo de semejanza – de momento tan cierta como remota – con los focos de violencia islamista que se advierten en el mundo occidental, lo mismo en Norteamérica que en Europa, dentro de las comunidades musulmanas decantadas entre nosotros como efecto de los procesos migratorios suscitados por las décadas de prosperidad habidos en las décadas subsiguientes a la inmediata postguerra mundial. Pero también, combinado con ello, por efecto del proceso de descolonización habido al aire de esa misma posguerra. Un proceso inducido por la presión conjunta de norteamericanos y soviéticos como efecto colateral de la Guerra Fría.

Pero volviendo al asunto de los Iugures, con su segunda violenta eclosión al cabo de cuatro años, es de advertir que comparece junto a otros problemas internos del muy vasto y complejo gigante chino. El tema del Tibet es también cuestión de minorías internas dentro del que se llamó y sigue llamándose Imperio del Centro; aunque con connotaciones bien distintas de las – islamistas – que enfrenta la región de Xinjiang.

Una cosa parece bien segura para el corto y el medio plazo al menos: Pekín no será nunca en el Extremo Oriente lo que fue la Viena del Imperio Austro-Húngaro desde mediados del Siglo XIX hasta el final de la II Guerra Mundial. Algo así como centro de claudicación ante una pléyade centrífuga de naciones diversas de cuyos retazos salió una parte muy principal de la Europa de ahora. Si el islamismo se enfrenta a Pekín será barrido del mapa como el viento barre los desiertos centrales de China.