Bajo la sombra de Al Qaeda

El atentado de los hermanos terroristas en Boston ha sido como el trueno que ha despertado a Occidente del sueño en que se encontraba, confiado – como los propios servicios norteamericanos de Inteligencia – en que los parámetros de seguridad contra el yihadismo estaban más que establecidos, afianzados, en determinadas áreas luego de que en tiempo reciente se hubieran abortado otros atentados en el espacio estadounidense: un pasajero nigeriano con los explosivos adosados sobre sus partes pudendas dentro de un avión que sobrevolaba las proximidades de Detroit, otro individuo con su furgoneta repleta de bombas por el centro de Nueva York. Y después, en estos últimos días, tras la aberrante villanía de los dos checheno-bostonianos, la detención en Canadá de quienes preparaban el ataque contra un tren de los asignados al enlace ferroviario entre Toronto y Nueva York.

Contra el terrorismo en red urdido en su día por un saudí colaborador de la CIA en la guerra de los afganos contra los soviéticos en Pakistán, el Osama Ben Laden cuyos restos yacen en las aguas índicas del Golfo de Omán, actúa ahora la red de los servicios de Inteligencia occidentales – en este caso los franco-españoles -, cuyo trabajo ha permitido la detención, en Zaragoza y Murcia, de dos magrebíes – uno argelino y el otro marroquí – involucrados de distinto grado o nivel de propósito en el conflicto del Sahel: esa inmensa falla geopolítica que se extiende bajo el Sahara, entre el Atlántico y el Índico, por la que el yihadismo no sólo presiona – luego de ser rechazado de momento en Mali y repelido en Argelia – sobre el sur del Magreb en un efecto perverso de la llamada “primavera árabe” iniciada en 2011, sino que provoca un efecto pantalla sobre las comunidades musulmanas radicadas en Europa. O sea, todo un mundo de creyentes en el Islam susceptible de ser incendiado por el terrorismo Islamista por alguno de sus infinitos flancos; tal como sucedió en España en el 11-M de 2004 y después en Londres o en el sur de Francia.

Desde su eclosión el 11 de Septiembre de 2001, con los ataques contra Nueva York y Washington, los sucesivos episodios de terrorismo islámico han sido tanto como afloraciones puntuales de una estructura de conflictividad en expansión permanente, continúa. De ahí que lo sucedido en Mali, ámbito que no se ha convertido en otro Afganistán por la decisiva intervención de Francia, asistida por la colaboración de España y de Argelia, haya sido como aldabonazo y toma de conciencia de una realidad nueva, definida por el desafío terrorista en ese espacio africano, que amenaza al entero Magreb y compromete a corto y medio plazo el espacio europeo, en plenarios términos de seguridad y economía.

En circunstancias tales, España se ha venido a comprometer en una práctica duplicación de sus actuales aportaciones a la tarea de formación de las tropas africanas desplegadas en Malí para el rechazo de las fuerzas yihadistas presentes en el Sahel: armas procedentes de la guerra civil libia llevadas por los mercenarios tuaregs que sirvieron en las tropas de Gadafi y grupos de radicalismo terrorista cuyo modelo de actuación, cabría decir, sería el de llevar hasta el espacio centro- oriental subsahariano el propio caos en que se encuentra sumida Somalia, donde desapareció el Estado que sostenía la dictadura de Barré. Habrá que volver enseguida sobre todo esto.