Más que una huida hacia adelante

Cuando el manoteo de Alfredo Pérez Rubalcaba se resuelve en el diseño de una reforma del Senado, para transformarlo en una Cámara federal a imagen y semejanza del Bundesrat alemán, el secretario general del PSOE hace algo más que huir hacia adelante desde el foso demoscópico en que se encuentran él mismo y su partido, trepando más de una vez por una escala de ocurrencias. Parece no moverle sólo su peripecia política personal; acaso también y muy principalmente, en este caso de la federalización propuesta, sería la cuestión de Cataluña la causa motora y el impulso de una iniciativa así para la reforma del Senado como Cámara de representación territorial.

Pero este diseño para un eventual cambio de la segunda Cámara lleva implícita la cuestión del cambio y reforma de la Constitución: asunto sobre el que se agolpan debates de preferencias para otras materias. Tantas que fuera posiblemente lo más propio hablar antes de proceso reconstituyente que sólo de reforma o reformas muy limitadas y puntuales. Conviene no perderlo de vista. La propuesta de este PSOE posterior a los estropicios de los Gobiernos de Rodríguez Zapatero – que dañaron también al propio partido de la calle Ferraz. En esta materia de la redistribución del poder político territorial -, es propuesta que estaría encaminada a reformular, planteándolo en un nivel distinto, el debate interno entre el PSOE y el PSC.

La radicalización soberanista de la Generalidad pilotada por Artur Mas ha tenido un efecto colateral negativo en las relaciones de Ferraz dirigido por Pérez Rubalcaba con los socialistas catalanes gobernados por Pere Navarro. Lo que en términos prácticos significa que mientras los diferentes discursos de los partidos nacionalistas han entrado en una dinámica de integración y generalizada convergencia, la dinámica PSOE/PSC está incursa en otra opuesta: de divergencia y disociación. El techo autonómico – piensan en el PSOE los que diseñan el cambio para el Senado propuesto por Pérez Rubalcaba – sería el factor detonante de esta tensión PSOE/PSC, mientras que el componente de techo federal propio del nuevo modelo de Senado, como Cámara esencialmente territorial, tendría el efecto contrario: positivo.

Ese análisis, sin embargo, podría estar afectado de una doble limitación, o acaso de sólo una. La limitación de miopía: siempre tan grave en política. Dentro de la marejada soberanista y separatista cursante en Cataluña, el federalismo no les resulta atractivo, por insuficiente, a los nacionalistas; pero tampoco a los socialistas del PSC, puesto que a los nacionalistas no les interesaría establecer otros puentes con ellos luego de los pactados durante el pasado, en el contexto del Estado de las Autonomías.

El pasado no miente. En 1934 el nacionalismo, a despecho del Estatuto de Autonomía que les dio el Estado integral de la II República, se sublevó contra la legalidad republicana y proclamó el Estado Catalán por algo más que por endosar la rebelión de las izquierdas, en paralelo de la Revolución de Asturias, como rechazo de la victoria electoral del centroderecha en las elecciones de noviembre de 1933.

Esa diseñada reforma federalizante de la Constitución hecha por Pérez Rubalcaba, aunque pueda presentar otras virtualidades, no serviría en términos de principio ni tampoco a efectos prácticos como marco para una vertebración suficiente del PSOE con el PSC (conveniente para el equilibrio político nacional), ni tampoco para que los nacionalistas catalanes se reacomodaran en el Estado Autonómico. Un modelo éste que tiene mucho más de federalismo material en términos presupuestarios y de otras competencias que los propios de Estados que comparecen como estrictas federaciones.