Como un golpe de Estado

Quienes para tomar el poder o para no soltarlo infringen la ley, sea la ordinaria o la fundamental, perpetran un golpe de Estado; muy específicamente – en el segundo supuesto – las normas electorales. Seguidores estrictos de Henrique Capriles y gentes sin mayor significación política, se han llevado el gran sobresalto cuando han sabido que cargamentos de urnas electorales cerradas y lacradas han sido abandonados en el monte, para que los sufragios emitidos en ellas desaparecieran en el limbo de la abstención. Presumiblemente corresponderían a espacios electorales significados por su desafección al chavismo; pero en todo caso, constituyen material afectado y muy significativo en un supuesto de revisión contable de las votaciones.

El proclamado presidente estaba inmaduro en las prácticas, métodos y sistemas de la potencia tutora del bolivarismo. En su inocencia del “pajarito” creyó dos cosas: que su candidatura había efectivamente ganado las elecciones y que no habría mayor problema en acceder a la revisión del escrutinio de los votos. La contraorden habría llegado de La Habana, como de Jamaica – en la canción -arribó un barco cargado de ron. Y sucedió, como cuenta la letra de la habanera, que la culpa la tuvo el buen capitán que se emborrachó…, de ilusión y convencimiento de que él y los suyos, los del “Socialismo del Siglo XXI” habían ganado por goleada.

Sin recuento de votos que valga, el sistema bolivariano ejecutará este viernes la toma de posesión de Nicolás Maduro como presidente de Venezuela con la asistencia de una quincena de delegaciones internacionales en las que abundan tanto las de segundo nivel – las no encabezadas por jefes de Estado – como las correspondientes a países de la OPEP, como la fraternal República Islámica de Irán, Arabia Saudí y Qatar ; rebajas presididas a su vez por el no reconocimiento norteamericano de la pretendida legitimidad constitucional y democrática de la sucesión habida en la cúpula del chavismo y la presidencia de la República de Venezuela.

En la lógica del anómalo proceso sucesorio se inscribirá la prevista ausencia de los representantes de las fuerzas opositoras en el escenario oficial de la toma de posesión, congruentemente con la fractura política, social y nacional en que se ha precipitado el desenlace de las elecciones, al resistirse el sistema al recuento de los votos; muy especialmente, luego de que en el Departamento de Barinas (ámbito seguro, de confianza para el chavismo) se hayan encontrado las susodichas urnas electorales con sus correspondientes sufragios, como expresivo testimonio de que las cuentas oficiales de la Comisión Nacional Electoral se han dejado fuera votos bastantes como los que caben en las urnas con las que se han llenado dos camiones de las Fuerzas Armadas, aparte de los que se puedan encontrar en otras urnas más echadas por otros lugares con las prisas y los atajos propios de un plan político establecido para que no quedara rastro del pucherazo. Diseñado con la depurada pericia de quienes en Cuba ocuparon el poder hace medio siglo y no hubo quienes les desalojaran a lo largo de cuantas muchas farsas electorales han podido celebrarse al cabo de tanto tiempo.

Si la muy fundada suposición de que ha sido la dirección cubana del pucherazo y de las actuaciones y ritmos subsiguientes lo que ha conducido el asalto chavista al poder desde el poder mismo, para sortear sin riesgos el hiato ocasionado por la muerte del presidente Chávez – ejecutando de hecho una suerte de golpe de Estado por medio de fraude electoral sistémico-, resta la interrogante de hasta dónde llegará desde ahora en adelante la abducción de la soberanía nacional venezolana por parte de la dictadura comunista cubana. Sí, una vez consolidada la penetración simbiótica de ésta en la estructura estatal del chavismo y en el petróleo de la cuenca del Orinoco.