Borrasca interamericana sobre Caracas

La sucesión de Hugo Chávez se complica. No era el problema ese malentendido, desde el poder en Caracas, de la interpretación que había hecho el Gobierno español sobre las condiciones a que debía atenerse la proclamación de Nicolás Maduro como presidente electo del país; muy específicamente, las referentes al recuento de los votos. Tanto por la sustancial reducción de la ventaja que el oficialismo había obtenido en octubre del año pasado, situada entonces en el rango de los 600.00 sufragios a los 234.395 en que las autoridades chavistas han cifrado en esta ocasión la supuesta victoria de ahora; como, por otra parte, por la premura con que la Comisión Nacional Electoral ha determinado la proclamación de Maduro como presidente. Y ello, sin atenerse al hecho de que éste había en principio aceptado ir al recuento de los sufragios que había pedido Henrique Capriles, el candidato a la jefatura del Estado en representación del bloque de fuerzas políticas opuestas al chavismo.

La expectante reserva en que se ha instalado el Gobierno de Washington ante el eventual reconocimiento de Nicolás Maduro como presidente, por el hecho mismo de que se cerrado la posibilidad del recuento de votos – junto a la poca fiabilidad de principio que ofrece el sesgo antiliberal del régimen venezolano, auto-denominado “Socialismo del Siglo XXI” y enfeudado con la dictadura comunista de Cuba -; ambas cosas han determinado, conforme el propio Departamento de Estado, que la Administración se haya dirigido a la propia OEA (Organización de Estados Americanos) y a la UE (Unión Europea) para aquilatar de la mejor manera posible los términos de su decisión al respecto.

Si de una parte los EE.UU. son miembros de la organización interamericana, de otra parte Washington comparte pertenencia con Bruselas a la Alianza Atlántica. Lo cual quiere decir en uno y en otro particular que es precisa la homologación de criterios ante el grueso particular que representa el reconocimiento político de un Gobierno y un régimen que impone un resultado electoral – formalmente democrático – no depurado por la vía de la demandada comprobación y supervisión independiente.

Resulta de cajón que ningún Gobierno de Venezuela, ante un supuesto como este de ahora, puede hacer de su capa un sayo con los resultados de una consulta en las urnas tal como lo hace en Cuba la dictadura comunista de La Habana. El problema, en consecuencia, es que el cambio de Gobierno en Venezuela ha descarrilado desde el punto y hora en que la Comisión Nacional Electoral se apresuró a proclamar presidente a Maduro cuando la supuesta victoria de éste aun no estaba cohonestada, verificada, con la legítimamente demandada comprobación de los resultados. Y tanto más cuanto las fuerzas de la Oposición habían llevado a cabo, junto a los colegios electorales, una encuesta entre gran número de votantes luego de que éstos hubieran sufragado, para que dijeran en qué sentido se habían pronunciado. Encuesta en la que, hechas cuantas salvedades fuera menester, aparecía algo más que el rastro de una derrota clara del régimen chavista. En cualquier caso, y hechas como digo, todas las reducciones pertinentes, los indicios habrían de valer al menos para justificar la apertura de una comprobación con todas las garantías legales.

Otro particular del mayor interés es el referente a las siete muertes habidas en la primera serie de las manifestaciones de protesta realizadas en el país. Muertes que Nicolás Maduro atribuye a las fuerzas de la Oposición y Capriles (que se ha apresurado a desconvocado otros actos de denuncia) imputa a los agentes del sistema empotrados entre los manifestantes.

Preocupante cosa es, a la vista de todo esto, que el reconocimiento o no por Washington de la legitimidad democrática de Maduro venga a resultar al menos por ahora, necesariamente, de una instancia exterior y no del correcto proceder, conforme a derecho, de las instancias nacionales venezolanas. Es algo que no conviene a nadie. Ni a los venezolanos ni tampoco a los cubanos, que claman por sus libertades, y a cuyo indefinido secuestro contribuyeron mucho hasta ahora los subsidios al castrismo, aportados con petróleo por la Venezuela del extinto Chávez.

Islamismo terrorista en ollas a presión

El empleo de ollas a presión por los terroristas islámicos en los atentados contra trenes en Bombay, visto que se utilizaron también en el atentado de Boston del pasado lunes, permitiría inferir que éste fue, efectivamente, un ataque del terrorismo islámico. Si además se ha identificado por fotogramas a un individuo cargado con otra mochila negra como la hallada entre los restos de la explosión, resultaría que el FBI opera ya tanto sobre una certeza sobre la naturaleza de la acción como sobre una posible pista del autor o autores de la misma.