Venezuela y Chile, punto y contrapunto

Ni la certeza casi obvia de que el 14 de abril Henrique Capriles no podrá superar la inercia política del chavismo en su enfrentamiento electoral con Nicolás Maduro – instituido por Hugo Chavez como sucesor suyo en la presidencia de Venezuela-, ni tampoco el recuerdo trágico de aquello a lo que llevó a la Unidad Popular chilena al inicio de los años 70 del pasado siglo, será posiblemente capaz de frenar la movilización electoral de las izquierdas, el mes de septiembre próximo, para el regreso al poder de un centroizquierda capitaneado por la ex presidenta Michelle Bachelet.

Ha dejado atrás su puesto de directora de ONU Mujeres. Sinecura internacional que le permitió, entre otras oportunidades históricas, dar cobijo y manutención a Bibiana Aído como tesoro del igualitarismo de género, cuyo hallazgo fue posible desde los propios hallazgos y desvelos de José Luís Rodríguez Zapatero en su paso por las responsabilidades nacionales en la Moncloa.

Y digo lo que antecede, al margen de las obviedades sobre Venezuela – donde sólo un milagro de la Providencia parece capaz de encauzar el país por la normalidad democrática, el equilibrio social, la seguridad ciudadana y el progreso económico –, por el hecho de que lo que podría llamarse “proyecto Bachelet”, como presentación de una alternativa moderada de izquierda al no menos moderado y eficiente Gobierno de centroderecha encabezado por Sebastián Piñera, el actual inquilino del emblemático Palacio de La Moneda.

Digo emblemático porque fue bombardeado durante el golpe de Estado del general Pinochet en una operación anticipatoria del que Salvador Allende – según silenciadas versiones sobre aquella situación – preparaba para culminar su gestión revolucionaria de inspiración comunista y aliento de Fidel Castro. Éste, en visita de Estado a Chile programada formalmente para unos pocos días, acabaría en otra de varias semanas, flanqueando el proceso de cambio al totalitarismo en la entonces democracia decana de Hispanoamérica. Lo hizo con mítines y arengas por los espacios donde mejor habría de prender la llama revolucionaria. Una campaña aquella que tuvo su etapa cumbre en las arengas a los trabajadores de El Teniente: el principal de los yacimientos de cobre chilenos.

Un metal éste que Salvador Allende, en su residencia privada de los barrios altos de Santiago -custodiada en su entrada principal no por los Carabineros, una variante chilena de nuestra Guardia Civil, sino por milicianos con fusiles ametralladores colgados del hombro- me decía con la retórica al uso en aquella situación que “era el salario de Chile”. Todo lo cual era también rigurosamente expresivo del álgido momento en el que se encontraba entonces la Guerra Fría tras la invasión soviética de Checoslovaquia y el Mayo francés del 68.

Convienen estos recordatorios cuando la izquierda chilena recurre a Bachelet como bandera en la que enrolar todas las facciones levógiras integrables en el proyecto de combatir a Sebastián Piñera, heredero ideológico de la derecha histórica chilena representada en el precedente tiempo histórico aquél por el presidente Alessandri. Es éste de la izquierda chilena de ahora mismo un proyecto nítidamente frentepopulista, de contenido poco menos que idéntico al de la Unidad Popular del allendismo y en el que la radicalidad aportada entonces por el socialista Altamirano estaría suplida ahora por el Partido Comunista.

Todo esto sería enteramente así de confirmarse la estrategia de “Concertación”. Foro político desde el que se ha más que auspiciado y promovido el regreso a Chile de Michelle Bachelet, no sólo para la candidatura a la presidencia en las próximas elecciones sino también como portadora de una iniciativa constituyente para modificar la Ley Fundamental chilena y remover el tope establecida en ésta para el número de reelecciones presidenciales, haciéndolas pasar del techo actual de sólo dos mandatos a un indeterminado número superior, tal y como se ha venido impulsando desde el populismo bolivariano iniciado por el difunto Hugo Chávez.

Hay muchos motivos y razones para no perder de vista la movida política que se prepara en aquella república andina. De salir adelante tal iniciativa de las izquierdas contra lo que ha sido la ejecutoria de Sebastián Piñera, no sólo Chile sería sumado políticamente a la reata de las repúblicas bolivarianas organizada por la Venezuela que vota el 14 de abril. El hemisferio hispánico daría un paso muy significativo hacia la liquidación del menguado equilibrio ideológico que resta allí entre las concepciones liberales de progreso económico y moderación política – como en el Chile de ahora mismo, en el Perú de Ollanta Humala que abandonó su izquierdista programa electoral para apostar por el crecimiento económico, y en la Colombia de Juan Manuel Santos, que ha debelado sustancialmente al mundo de la guerrilla – frente a la marejada populista propulsada hasta ahora con el petróleo de Venezuela.

Qué resulte finalmente de las urnas venezolanas de abril y de las urnas chilenas de septiembre tendrá su eco decisorio y conformador en el equilibrio crítico sobre el que comparece el mundo iberoamericano.