La tabarra norcoreana

El corte norcoreano de la línea de comunicación militar con el Sur – que no es la primer vez que se produce en el curso de la peculiarísima situación que representa después de una guerra el simple acuerdo de una armisticio nunca resuelto después de un largo medio siglo en Tratado de Paz, como es el caso sirio-israelí de 20 años después, tras de la guerra de 1973 -, además de ejemplificar qué es la retórica belicista desplegada por un hambriento que sólo se sustenta con la amenaza de su suicidio devastador de medio mundo, expresa y define un cuadro de enredo geopolítico en el que involucra a los primeros actores de la política internacional, comenzando por Estados Unidos, al que sitúa en primer lugar de su bravata, a la Federación Rusa, a la China pequinesa, a Japón y, cómo no, a su fraterno enemigo, con el que limita de Oriente a Poniente del Paralelo 38, y del que en parte se sustenta con las migajas industriales, de tecnología civil, caídas de la mesa y de la prosperidad incontable de éste.

Yo recuerdo cómo siendo todavía un muchacho que acababa el viejo bachillerato de los siete cursos y el añadido del Examen de Estado, escuchaba a la hora del almuerzo el “Parte” de Radio Nacional de España en el que la Guerra de Corea solía ocupar espacio y atención de entera preferencia dentro de la información internacional. Pasados los años, el foco informativo sobre el mundo norcoreano se fue poco a poco apagando, hasta quedar en sólo la recreación cinematográfica norteamericana de ficciones de aquella guerra y, muy posteriormente, con noticias de las vacaciones de Estado que solían pasar allí jerifaltes del comunismo español en el exilio y de las visitas, también de Estado, de prohombres de ese universo político como el dictador emérito de Cuba.

Regresó Norcorea al primer plano de la actualidad internacional con su entrada por la puerta trasera en el restringido club de las potencias nucleares, tras de su presentación en la escena al detonar subterráneamente su primer artefacto cargado con plutonio, luego de que el régimen hubiera sido objeto de especulaciones sobre la supervivencia suya tras de la implosión de la URSS y la flexión china al pragmatismo, como inicio de un proceso de cambio, todavía inconcluso, de hibridación del totalitarismo comunista y el capitalismo liberal.

Estas amenazas norcoreanas de ahora aportan la novedad de encontrarse en un cambio de contexto. Su soporte chino-ruso ya no es como era, incurso como se encuentra frente a la última sanción del Consejo de Seguridad de la ONU que el soporte no ha vetado, algo que puede traer causa del cambio cualitativo que ha supuesto su última demostración de cohetería espacial, con el mensaje implícito de que dispone del vector balístico suficiente para hacer verosímil la posibilidad de un disparo atómico de alcances intercontinentales. Lo cual es base suficiente para que con todo el cambio de contexto que significa, la tabarra norcoreana con sus amenazas flexione también vaya a menos. Es China en primerísimo lugar la parte en el juego que no puede permitir un discurso de su protegido absolutamente incompatible y contradictorio con el de sus propios intereses.