Otra época insegura

Aunque sea cierto que todas las épocas lo son, que la inseguridad es una constante, no lo es menos que algunas como esta en que estamos lo es de unas manera distinta. Tiene un mayor margen o coeficiente de complejidad. Visto qué le han hecho a los chipriotas, a los europeos de toda latitud enrolados en la cosa del Euro nos ha entrado una cierta desazón en el bolsillo, tengamos mucho o poco en nuestra cuenta bancaria, incluso si estamos por debajo del límite de garantía de los 100.000.

Andábamos todos equivocados en la creencia de que eso de los corralitos era cosa de argentinos, viva por mucho tiempo todavía la memoria de lo que hizo el Gobierno del presidente De la Rúa. Pero no hace falta irse al diván de la fantapolítica o de la fantaeconomía para advertir que el síndrome de la inseguridad ya es de paso universal. Cunde por doquier.

Si, de una parte, lo actuado sobre Chipre, cuando se le “acorralan” las cuentas bancarias por encima de los topes de garantías, desencadena ondas de algo más que aprensión en los periféricos y de perplejidad crítica sobre la pregonada certeza de que la aventura del euro llegará a puerto, de otra parte, en términos más concretos y precisos, desde la desazón ambiente, brotan también preguntas sobre los márgenes europeos de tolerancia frente al discurso hegemónico de Alemania a propósito del euro, en su gratuita, improvisada y asfixiante regencia de la reformulada Europa.

Y acontece ello en estas horas mientras por Nicosia algunos se preguntan,  tentándose la ropa, si el taponazo que se le ha aplicado a Chipre con el ‘corralito’ como condición para el rescate, más que para inducir la Enosis o unión con la perniquebrada  Grecia, ha podido ser para darle un toque de atención a Rusia, quizá para que sus mafias busquen otros lavaderos para el dinero negro, como si éste estuviera navegando  en corso por las aguas de la Eurozona…  Propio del sentimiento de inseguridad es su inducida progresión de la suspicacia y el recelo ante la misma idea de cambio.

Que se lo pregunten si no, en otro orden de cosas, a las vastas clientelas objetivas del chavismo venezolano. Muerto el fundador del régimen, las elecciones presidenciales del 14 de abril pueden traer, al menos sobre el papel y aparte de una teórica pérdida del poder político, la remoción general de prebendas y toda suerte de sinecuras económicas. La inquietud en este sentido afectaría tanto a personas como a Gobiernos y otros regímenes. Piense el lector en el sentimiento de inseguridad que debe embargar al de La Habana pensando en  el posible fin la beca revolucionaria de los 200.000 barriles día que le enviaba régimen del difunto Chávez.

También, desde su inseguridad política con el que fue arzobispo de Buenos Aires, al que su régimen kirchneriano no le colmó de afecto, la presidenta Cristina ha volado a Roma rodeada de su corte nada celestial para enmendar la plana. Tras del último cónclave se sentiría especialmente insegura.