Italia votó contra la UE

Mientras la política italiana, como detenida y pasmada tras de los resultados electorales, mira hacia un camino que podría llamarse “Vía casuística” o “Ruta Siciliana”, el expansivo sentir que hora a hora prevalece cuando resuena que el nueve por ciento de votos obtenido por Mario Monti – la opción diseñada por Angela Merkel, la canciller de Alemania – ha sido toda una sentencia contra la Unión Europea por parte del gran jurado electoral.

Lo mismo que se habló de la “fatiga de los metales”, en la década de los años 60 del pasado Siglo XX, para explicar cierta de serie de accidentes aéreos sufridos por los aviones Comet, cabe decir ahora que los índices democráticos expresados en las urnas vienen a señalar, en el caso de Italia, que también existe la fatiga de las ideas cuando se mantiene con insistencia imprudente su tensión polémica con las creencias y la paciencia del personal, de la gente, de los votantes.

El debate de los principios no puede ser ajeno, en un sentido o en otro, con la idea de proporción y la exigencia de discreta y necesaria mesura en los medios. El arsénico como veneno opera como salvación si en determinadas condiciones y para ciertas dolencias se administra en dosis homeopáticas.

Los italianos, como tantos otros europeos de la periferia de la Eurozona, están hasta el gorro de tantísima disciplina económica aplicada al saneamiento fiscal. Capaces y dispuestos a entender que la disciplina resulta necesaria, no lo son en cambio de soportar dosis tan altas y sostenidas de la misma. Tal como resultan de las pautas diagnósticas y las dosificaciones arbitradas desde Berlín y aplicadas desde Bruselas. El diagnóstico no se discute pero a estas alturas del camino las dosificaciones ya son poco menos que insoportables para un enorme número de ciudadanos.

Desde tales evidencias ha levantado Beppe Grillo, con las “Cinco Estrellas”, su populista catafalco arbitral, en el escenario político resultante de estas elecciones italianas. Escenario basculante y oscilante sobre la probabilidad de que las urnas se vuelvan a convocar de nuevo si no se acierta con la argamasa adecuada para los pactos. Y es sólo desde la posibilidad de un acuerdo entre Grillo y el centroizquierdista Bersani por donde se avizora un pacto de Gobierno modelo Siciliano: fórmula de acuerdos puntuales, ley a ley.

No parece posible o avizorable otra cosa. Por razones obvias, son impensables acuerdos entre los demás. Ni Bersani con Berlusconi ni Berlusconi con Monti. Sólo éste, y no por casualidad, responde a una cierta noción de racionalidad económica acorde con los consensos de mínimos y las tolerancias de máximos vigentes en la Europa de la Eurozona. Monti cumplió su cometido como una opción tecnocrática, al margen de la política italiana con sus limitaciones y tentaciones, propuesta y sostenida por el Berlín la Bruselas que representan la Europa contra quienes implícitamente han votado. Y han sufragado habiéndolo hecho también como revancha. La racionalidad económica – sólo hasta cierto punto, por las desproporciones dichas – y la representación política han colisionado electoralmente en el caso de Mario Monti.