Síndrome inductor de la prima de riesgo

La fragmentación política italiana, con el avance del centroizquierda de Pierluigi Bersani, coaligado con otras izquierdas, y el retroceso de la orquesta berlusconiana -que sin embargo alcanza en el Senado la mayoría de bloqueo-, este fracaso del centroderecha, sumado al fracaso de Mario Monti y al sobrevenido arbitraje del histrionismo de Beppe Grillo, con el tercer puesto en la tabla de puntuaciones, todo conforme los sondeos y sin la confirmación oficial de los resultados, no ha sido ciertamente el parte meteorológico que podían esperar los mercados para que se relajara y bajase la prima de riesgo para Italia. Aunque también para España, ya que su establecida relación gemelar, como economías sureñas de la Eurozona, actúa como constante desde que eclosionaron las tribulaciones del euro con el desplome de las cuentas griegas.

Al mismo tiempo, en esta obligada reflexión sobre paralelismos italo-españoles brota como referencia alarmante entre nosotros la fractura parlamentaria socialista, al establecerse como más que probabilidad que los 14 diputados del PSC (Partido Socialista de Cataluña) en el Congreso apoyen este martes la propuesta de resolución de CiU (Convergencia y Unión) que insta al Gobierno a “iniciar el diálogo” con la Generalidad de Cataluña para la celebración de una consulta soberanista, incluso si el grupo parlamentario del PSOE al que federadamente pertenecen ambos vota en contra.

La cementación de las bases internas de los partidos y externas de la política nacional sobre las que actúa la vida pública española, comparece ahora con un cuadro de aluminosis semejante al que es propio de nuestros vecinos italianos. Dato como este de que el PSC pudiera votar distinto por primera vez en el Congreso sobre un asunto de importancia temática tan grande para la cohesión nacional de España, no podrá menos que figurar como anotación negativa en toda instancia donde se califiquen, para los mercados, las condiciones nacionales de estabilidad, tanto económicas como políticas. Y a veces éstas pesan en rangos de magnitud superiores que los de aquéllas.

Esto de las pretensiones y aspiraciones soberanistas de los nacionalistas catalanes viene ahora a pulsar, en el seno del PSC, de forma opuesta a cómo lo hizo en un primer momento, al votarse en el Parlamento catalán, sobre esta misma materia, la propuesta conjunta de CiU, y ERC para la celebración de una consulta soberanista en Cataluña. El PSC votó entonces en contra, excepto cinco de sus diputados. Se impuso a éstos una sanción simbólica. ¿Qué ha mediado ahora para que Pere Navarro y los suyos hayan cambiado de parecer?

No vale el argumento ahora esgrimido de que el cambio resulta del que han introducido en su discurso los partidos nacionalistas que llevaron la referida propuesta al Parlamento de Cataluña. Habría el PSC de precisar en qué y cómo han cambiado los Convergentes y ERC los términos de su iniciativa soberanista.

Nadie que comulgue con una visión nacional de la política española debe alegrarse de la fractura del PSOE implícita en esta escisión que representa, por parte del PSC, la iniciativa de suscribir ahora en el Congreso aquello que rechazó en el Parlamento catalán. El fondo de la discusión, la cuestión soberanista planteada por los nacionalistas catalanes, es debate que afecta a la médula constitucional de la nación española. Ésta es el único sujeto de soberanía. Romperse el PSOE por estar en desacuerdo con ello sería tanto como una batalla ganada por el separatismo. Una inasumible prima de riesgo para la realidad nacional y ante la percepción internacional de España.