Terrorismo en la Ciberguerra

El atentado con coche bomba en el centro de Damasco – que ha ocasionado más de 50 muertes y un número indeterminado de heridos – en el contexto de la guerra civil siria, reitera la realidad en que se combinan los métodos de Al Qaeda (presentes también en el vecino Iraq y en Pakistán contra los musulmanes chiíes por parte de la violencia sectaria de los suníes) con las práctica de terrorismo de Estado a que se aplica el régimen de Damasco en su batalla contra la insurrección que lo quiere desmontar. Se trata de una evidencia. La guerra convencional se mezcla con la guerra del terrorismo, vía ésta a la que se aplican y no renuncian ninguna de las partes.

Pero hay más en esta ya iniciada historia de las violencias promiscuas. Las nociones de retaguardias y frentes pertenecen ya a realidades del pasado. Al propio tiempo se encuentran abiertas dinámicas de beligerancia que incluyen metodologías y sistemas en los que ni se pensaba cuando acabó la II Guerra Mundial y comenzó el dilatado periodo de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética; un ciclo histórico que sólo acabó cuando sobrevino la implosión del régimen de poder totalitario construido por Lenin.

La desaparición de frentes y retaguardias, como nuevo y añadido escenario en las beligerancias cursantes, incluye también otros formatos de beligerancias – ahora entre Estados Unidos y China -; otros medios nuevos – los cibernéticos – y diferentes espacios y materias donde, en frío y de forma subrepticia, se desarrolla lo que ya se llama o entiende como una nueva Guerra Fría. La Ciberguerra.

La penetración informática en los sistemas de los distintos sectores económicos, tanto en lo privado – incluyendo la industria de la Defensa -como en lo público en su sentido más amplio, acumula condiciones críticas de vulnerabilidad nacional no perceptibles para el común de la opinión pública. Condiciones que, sin embargo, pueden revelarse en el corto y en el medio plazos como balances ruinosos tanto en términos económicos, por sustracción de las claves de competitividad cuando se trata de empresas y sectores de significación estratégica, como en la debilitación estructural de los dispositivos y estrategias de defensa nacional. Y todo ello sin incluir las brechas de inseguridad abiertas en servicios esenciales para la marcha de cualquier país, como el suministro de agua potable o de fluido eléctrico.

Con el despliegue de medios correspondiente a la Ciberguerra se obtienen beneficios y se generan perjuicios y daños al margen de toda declaración de beligerancia por ninguna de las partes concurrentes y participantes en la transversalidad del silencioso conflicto, cuyo componente central es tanto el espionaje industrial como la penetración informática de los sistemas de seguridad y de defensa militar.

Respecto de lo primero es de resaltar la cifra de 300.000 millones de dólares correspondiente al año pasado, según el “comité ad hoc” de la Cámara de Representantes, sobre las pérdidas empresariales y comerciales norteamericanas. Esta nueva conflictividad internacional es de muy complejo abordaje. La Casa Blanca se ha hecho cargo de todo ello en el discurso presidencial sobre el Estado de la Nación. Se imputa a China la responsabilidad de tales daños, se desliza la acusación a la Unidad 61398 del Ejército de Pekín y se reserva la oportunidad de plantear el asunto al momento en que se pueda conciliar aquello que demanda la integridad económica y la seguridad nacional con el marco de condicionalidad financiera que representa el sistema de poder creado por Mao.