La muerte política de Hugo Chávez

La supervivencia quirúrgica de Hugo Chávez ha cambiado de naturaleza y sentido. La forzosa traqueotomía que le fue practicada al todavía presidente de la República de Venezuela en el curso de la cuarta intervención a que fue sometido desde que se le diagnosticó un tumor pélvico (posible metástasis de un cáncer original probablemente situado en el colon), ha añadido un factor objetivo, determinante, de incapacitación para el ejercicio de sus funciones como Jefe del Estado.

Desde esta circunstancia el problema planteado por las gravísimas y dolorosas circunstancias en que se encuentra sumido Hugo Chávez, ya no es – sin dejar de serlo primordialmente – el estrecho margen de posibilidades de vida que le restan físicamente como ser humano, sino el de su capacidad real para el desempeño de las funciones que le corresponden como presidente electo de la República. Más allá de si esta situación clínica del mandatario ha llevado o no a la caducidad del mandato, al haber prescrito el plazo constitucional de la toma de posesión mediante el requisito formal del juramento.

Parece obvio que el problema planteado por la enfermedad del presidente -físicamente impedido para cumplir la fórmula del juramente – no es un asunto de hermenéutica constitucional, oficialmente resoluble por un fallo del Tribunal Supremo venezolano, sino que la realidad de la cuestión no es otra que el debate interno de las fuerzas del régimen, en disputa para situarse. Y digo debate y no “lucha” manifiesta entre quienes – individuos, grupos o tendencias – quieren alzarse con las claves del poder y del sistema.

Por tal razón, habría que considerar que la continuidad formal del poder en el Gobierno de Venezuela se encuentra frenada y bloqueada por un síndrome, extraconstitucional, de poder fáctico, planteado entre las fuerzas políticas integradas en el poder chavista. Nunca más que ahora expresado como “régimen” – conglomerado de componentes de constitucionalidad y de situaciones de hecho – y no perceptible, de modo alguno, como un Gobierno al uso entre las democracias para las libertades. El chavismo como poder, por todo esto, no podía llegar a este trance sucesorio organizado o cristalizado en unas concretas instituciones que le permitieran prolongarse en el tiempo, más allá del horizonte vital de quien lo creó, teóricamente, como alternativa socialista para la izquierda iberoamericana.

En consecuencia, a lo que parece haberse llegado ya en Venezuela es a un escenario de palmaria interinidad, aunque desde el sistema pretendan velarlo en una dinámica de demoras. Primero retrasando el regreso de Hugo Chávez desde La Habana a Caracas y luego difiriendo la definición constitucional de la imposible viabilidad física del tercer mandato presidencial del teniente coronel, lo que conllevaría la convocatoria de nuevas elecciones presidenciales.

Conforme todas las apariencias, mientras la vida del todavía presidente de Venezuela enfila de modo insoslayable a su inmediato ocaso, es su muerte política la realidad incuestionablemente establecida. Y ello, conforme términos demasiado confusos para la gran mayoría de sus seguidores: el principal activo de la herencia que pretenden disputarse las gentes del régimen. Mientras tanto un vicepresidente de la República Islámica de Irán acaba de llegar a La Habana, quizá para recabar información y orientaciones de fondo sobre la muerte política del Caudillo Bolivariano.