Morales, el rencor como bandera

Es Sabsa, filial de Abertis y Aena, la sexta compañía española que el aymara Morales ha expropiado en menos en menos de un año, reiterando la parafernalia de la ocupación militar inmediata de cada una de ellas. Siempre con el pretexto kirchneriano de que, supuestamente, no llevan a cabo las inversiones que el Gobierno de turno les exige. Y nunca ateniéndose a las formas exigibles en derecho.

Son los rituales de expropiación que envuelven las prácticas populistas, en el “bolivarismo” que practican los instruidos en los “talleres revolucionarios” de La Habana. Siempre de conformidad con las ocurrencias doctrinales del castrismo a propósito de Marx o de Lenin. Especialmente en lo tocante al rol de los amerindios como el eventual proletariado del Siglo XXI.

No es fácil precisar si ha sido más el dinero o el tiempo lo perdido por España con Bolivia desde que este personaje de feria que la dirige expulsó con malas artes del poder al anterior Gobierno democrático de La Paz. Tampoco es fácil olvidar cómo hace unos meses, en el curso de un partido de futbol jugado al hilo de una fiesta local, el energuménico presidente, enrolado en uno de los equipos contendientes, contrariado por no se sabe qué, la emprendió a patadas contra el guardameta de los contrincantes. Lo mismo que mandó fueran reprimidos con las armas aquellos de los suyos que se habían opuesto, con manifestaciones y cortes de caminos (lo mismo que él había hecho contra el Gobierno de su predecesor) a la construcción de una carretera transamazónica que partía en dos su ancestral espacio de asentamiento.

Posiblemente muchos o algunos de los indígenas objeto de aquella represión los había utilizado Morales en sus movilizaciones, en torno a la ciudad de La Paz, contra el Gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada. Pero eso, en términos de conciencia, es irrelevante para este personaje agavillado desde La Habana en las rebajas de un tardocastrismo, para sacar el último jugo revolucionario al mito del Ché Guevara. Muerto precisamente en Bolivia al fracasar en su intento de movilizar el indigenismo contra el sistema.

Convendría de todo punto que en respuesta a lo practicado por Evo Morales, el Gobierno de Mariano Rajoy vaya más allá de los congruentes avisos a la Unión Europea con los que recabar la solidaridad frente a los atropellos expropiatorios de empresas españolas en Bolivia. Antes de Sabsa (Servicios de Aeropuertos Bolivianos, Sociedad Anónima), en mayo del año pasado expropió una filial de Red Eléctrica Española y en diciembre cuatro de Iberdrola. Por ninguna de ellas ha pagado nada todavía.

Pero el problema no acaba ahí en lo que se refiere a las inversiones españolas en el hemisferio hispánico. La casi generalizada inseguridad jurídica y la inestabilidad política que ello genera, definen la necesidad de una revisión de criterios a la hora de definir las apuestas empresariales que allí se hagan. Habrá que ser bastante más selectivos y rigurosos de lo que se ha sido hasta ahora. La generalización del populismo obliga a descartar opciones y/o ajustar garantías que compensen los riesgos económicos que se asumen. A estas alturas de los tiempos, no cabe en las relaciones económicas internacionales ni el rencor ni el saqueo como bandera de ningún Gobierno. Al fin y al cabo son los pueblos que los padecen quienes acaban pagándolo todo al demorarse en la pobreza.