La crisis de los afganistanes

Menos por la entidad militar en sí de la intervención militar de Francia en Mali para socorrer a este país de la agresión del yihadismo y para preservar sus propios importantes intereses nacionales en el vecino Níger – esencialmente por los importantes yacimientos de uranio radicados en este otro Estado -, la cuestión militar y política en el Sahel occidental ha puesto de relieve la emergida realidad de que no es sólo un Afganistán, el asiático, el problema planteado por el islamismo radical como desafío a Occidente en términos militares y políticos, sino que tal desafío, además de venirse a doblar por África, ha venido a evolucionar en términos de mayor complejidad.

Lo mayormente complejo se sitúa en términos de atención y términos disyuntivos para los socios occidentales. Del cuadro primero en el que la OTAN asumía compromisos inequívocos con la iniciativa norteamericana de hacer la guerra al Estado anfitrión de Al Qaeda, se ha pasado a este segundo escenario africano en el que las franquicias derivadas del yihadismo primordial de Osama ben Laden eclosionan por el Sahel occidental (luego de haber previamente cristalizado en el vacío que produjo el fracaso de Somalia como Estado en la parte oriental de ese mismo paralelo africano), haciéndolo además en la fase de repliegue de Estados Unidos y de sus aliados atlánticos en aquel otro escenario, asiático.

Acaso por el cansancio político y otros costes esenciales del largo bregar con los talibanes afganos que recibieron con los brazo abiertos a los autores del 11 de Septiembre de 2001, el bloque occidental solidario con la iniciativa estadounidense se ha mostrado renuente en grado muy significativo ante la idea y la necesidad de endosar la iniciativa francesa en Mali; iniciativa que ha hecho posible el que la reacción africana contra el yihadismo consiguiera vencer a éste en Gao, Tombuctú y en todo cuanto resta del espacio invadido por éste.

Ocurre ahora que aunque sea en términos poco más que simbólicos, la reacción occidental se resuelve en una reacción europea de solidaridad con Francia. Una reacción cuyo componente principal se expresa en términos de sobrevenida conciencia de que este “afganistán” africano responde y expresa el mismo problema que el asiático. Todavía más. Lo hace en términos más sensibles y acuciosos. No responde únicamente a un genérico y difuso problema de terrorismo internacional. Plantea un específico y cualificado peligro para los intereses europeos en bloque, tanto para Francia y España en primer plano, como para todas las demás naciones integradas en la UE. Y para sus aliados africanos en la cuenca mediterránea.

Habiéndose decantado la percepción de qué se trata con esto del Sahel – especialmente con lo que supuso el aldabonazo del ataque a la planta argelina de gas- se echa muy en falta la reacción unitaria dentro de lo que resulta institucionalmente posible por parte de la UE. Retraso y tardanza explicable quizá por la inercia negativa de los intereses alemanes, puesto que la dependencia energética de Berlín no se sitúa en el gas de la propia Argelia o en el de Libia, sino en el gas ruso de “Gazprom”, donde opera en el rango de mandamases nada menos que un ex canciller de Alemania. El señor Gerhard Schröder. Aunque, preciso es decirlo, tampoco fueron relevantes los desvelos de los teutones en el primero de los afganistanes.