Egipto, abierto en canal más allá de Suez

No sólo en la ciudad de Suez y sus entornos, también por el mismo Cairo, donde la Plaza Tahir no deja un solo día de oficiar como tribuna de las masas, Egipto arde en clamor de gentíos que exigen al poder toda cosa y sus contrarios. Al cabo, lo de menos era echar al presidente Mubarak. Estamos en el después qué. De momento, el toque de queda y el Ejército desplegado por las calles de las tres primeras ciudades. Y todo, luego de que al cabo de un proceso constituyente, el poder real del Estado sea poco menos que un enigma tan hermético como la propia esfinge. Mohamed Mursi, que lo preside, resulta incapaz de entender y responder las demandas y preguntas que se le hacen. A los suyos les basta el catecismo coránico; a los opuestos, no necesariamente laicos, eso no les sirve de nada.

En términos reales, las masas egipcias – como las otras de la cornisa norteafricana – clamaban por la democracia y en cierta fundamental manera no alcanzaron las libertades y se quedaron sin Estado, que es la condición necesaria para conseguir la democracia: esqueleto de la legalidad y soporte de las instituciones. Siempre en muy relativa medida. Pero sin eso no hay nada que rascar, especialmente en los países de cultura musulmana. En estos lugares, es los más común y pronto será más común todavía, que la noción de Estado quede reducida, a la manera del egipcio Mursi, a un recetario de preceptos coránicos aplicables a todo orden de cuestiones. La Sharia, me decía un amigo musulmán, ya desaparecido, con responsabilidades políticas y fidelidades compactas al legado de Mahoma, es enteramente una Constitución…

Obviamente para viajes y fidelidades así no hacen falta más alforjas que esas. Pero ese y no otros es el debate de fondo en el que aparecen envueltos tanto los egipcios como los más de los norteafricanos que se involucraron en el desafío a las autocracias corruptas del norte de África. Y resulta que si desmontaron las barracas ocupadas por los cleptócratas que se enriquecían sin fin para entregarles el poder a quienes mandan en nombre de Alá, resultará del todo imposible llegar a las democracias que generan las libertades reales y nutren las instituciones en las que se genera el progreso.

En Egipto a estas alturas, con su transición inconclusa, los disensos nacionales parecen llevar a los riesgos abismales de guerra civil como esa en que Siria se desangra. Sólo la eventualidad de que el yihadismo de cuyas cepas proceden las distintas franquicias de Al Qaeda, pudiera medrar en términos críticos con las desavenencias surgidas de la política, sería capaz de frenar el deslizamiento de la sociedad egipcia hacia las radicalidades políticas sin retorno. Conviene advertir las formas en que los yihadistas parasitaron la guerra civil líbica y la yemení, al igual que están parasitando el conflicto sirio e intentan -los yihadistas – hacerse fuertes en el Sahel. Al que pretenden “afganizar”.

En todo caso, sobrevienen las condiciones suficientes para que quepa etiquetar la primavera árabe aquella, vista la situación egipcia de ahora mismo, de Tsunami de Pandora.