Naufragio egipcio en el desorden público

Siguen contándose los frutos, abriéndose los legajos de la herencia dejada por la llamada Primavera Árabe en el norte de África y algún que otro espacio en el Asia Menor. Nadie lo hubiera dicho al partir el tren de tal cambio histórico desde el modesto apeadero tunecino. El caudaloso río de aquella revolución ha venido a formar en su desembocadura un delta como el del propio Nilo, al que me habré de referir en primer lugar, tal como obliga la convulsa actualidad egipcia de estos días partiendo del escenario cairota de la Plaza Tahir. Es la revuelta política casi cotidiana contra el nuevo régimen establecido; violenta y mortal como el rayo que no cesa.

Aunque no es sólo, en Egipto, el torrente de los manifestantes que fluye por la ya mítica plaza, lo que conforma la expresión más inquietante de ahora mismo en la tierra de los faraones. Junto a El Cairo comparecen los disturbios de Suez y los choques de manifestantes en Port Said, girando todo en el último capítulo en torno a las consecuencias procesales de la matanza en que resultó un partido de futbol, medida en decenas de cadáveres sobre el terreno de juego, y ahora en un larga veintena de muertes tras conocerse las otras tantas condenas a la pena capital en que ha resuelto su veredicto un tribunal de primera instancia. Sentencias que habrá de confirmar otro tribunal, superior.

Ha llegado a tanto el tumulto, a tan acusada extensión y gravedad la profusa marejada del desorden, que el Gobierno del presidente Mohamed Mursi considera, asistido por el Consejo de Seguridad Nacional, militarizar la respuesta del Estado. Aunque tal cosa suponga la menos pertinente y oportuna tarjeta de presentación de un poder nuevo que acaba de relevar a una dictadura castrense. Y sucede además que los encadenados desórdenes han venido a crear un clima de inseguridad que, entre otras consecuencias, espanta a los turistas y cierra de ese modo la casi única fuente de ingresos de que dispone el país.

En otro orden de efectos negativos e inmediatos de lo que fue la primavera árabe, persiste bañada en sangre la crudelísima guerra civil en Siria, que desde hace ya mucho discurre por cauces que pocos habrían imaginado cuando el conflicto estaba todavía en sus primeros compases. Pero es otra derivada bélica la que lleva la herencia de la Primavera Árabe a la más imprevisible consecuencia indirecta y deslocalizada. Me refiero a la “afganización”, en la propia África, de la franja del Sahel por su parte occidental, como consecuencia de la guerra de Libia y de los efectos colaterales de la misma, desplegados y resueltos en dos tiempos sucesivos. De una parte, por la movilización de combatientes africanos desde uno y otro bando en el conflicto aquel. Y de otra, por la enorme difusión de armamento de última generación entre los respectivos combatientes; gentes que además de disponer de ese material, obtuvieron la más cumplida instrucción para su manejo en otros escenarios africanos.

Dicho de otra manera. Sin la guerra de Libia no se habrían creado las condiciones para esta otra guerra del yihadismo islamista que discurre por Mali y que amenaza a Níger de los yacimientos de uranio, y a la república argelina con sus campos de hidrocarburos. Nos es sólo, por tanto, el naufragio egipcio en los desórdenes ni la sangría que padece Siria, o la guerra que acabó con la demencia gadafiana. La dicha primavera norteafricana desvela costes que pueden incluir principios de reversión del proceso aquel. Involuciones todas que amenazan con daños insospechadamente graves, en términos de Yihad, para la vida de africanos y los intereses europeos. Sucede con ciertas paces, como la que se cantaba con la Primavera Árabe, lo propio que con las guerras todas. Se sabe como empiezan pero nunca como acaban.